La aceptación de la vida con sus alegrías y tristezas, su perplejidad y dolores de parto, convierte a muchos en aprendices de torpezas y vaciedades. Se recurre a los escondites ilusionistas para desde allí demostrar un porte artificial y asequible a las masas que devoran la presa fácil.  Se acepta lo existencia sacándole de su entorno misterioso y sutil par regodearse en lo banal y facilito; un sorbo de miel.

Se escapa el sentido de que la lucha, las lágrimas y el dolor, coexisten con la alegría, el triunfo, la felicidad siempre en ascuas. El paraíso subyace en cada acción verdadera y piadosa, pero las espinas aparecen y desaparecen, se encargan de establecer la diferencia: todavía estamos en la tierra…

El afán de tomar atrechos ante la problemática agobiante desgarra la voluntad de mantener la firmeza del espíritu que resiste los vientos huracanados.  Esa forma de ver la vida desde un optimismo revanchista calma al estruendo interior que deja viva la pasión de Cristo que está incrustada en la piel, en el corazón, en la mente.

Nos hemos acostumbrados a palear las realidades importantes con los sorbos de una fe superficial que cubra la piel pero deje al descubierto el corazón. En vez de atestiguar que Cristo vive en mí con su docilidad a la Palabra Santa, se conforman con balancearse en palabras sin contenido, en arbitrariedades de poca monta. Falta un sometimiento real a Cristo, que se da en un comportamiento de gran contenido vivencial.

Y es que la Palabra Santa no admite una ración de dulces golosinas para ser degustada en el momento en que la prueba impone su desafío y su ofrenda. El latir interno, la amargura invasiva, corresponden al llanto primero, a la participación en la muerte de Cristo. Si no hacemos propio el sufrimiento, ablandado por el Señor Resucitado, permanecemos en una religión de aguajes, de frases halagüeñas, de infantilismo.

Para enarbolar el misterio de la vida no se puede crecer a medios pocillos; se impone una fe robusta que apacigüe el hoy de dudas, de catástrofes personales y cósmicas. Ahora vemos como en un espejo, filtrando la esperanza que se abre en abanico de futuro. Abrazar la causa de Cristo tiene connotación individual y colectiva. El yo y el nosotros van de la mano validando la mística presencia de Cristo; formando un todo de entrega y solidaridad tan necesaria para que el mundo crea.

Las palabras clave de la vida cristiana son vivas, estimulantes de una autenticidad que transforma y hace lúcida la dura realidad. Cada cristiano contribuye apasionadamente a la causa de Cristo que siempre está a merced de los mercaderes de la existencia. Un sí cargado de virtud es escudo y fortaleza para no defraudar y así decir un amén de entrega y amor.

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