La edición 33 de El Visitante de Puerto Rico llega en un momento particularmente significativo para la Iglesia que peregrina en nuestro país. La portada recoge el nombramiento de Mons. Eusebio Ramos Morales como nuevo Arzobispo Metropolitano de San Juan, una noticia que abre un nuevo capítulo en más de cinco siglos de historia pastoral de la Iglesia Madre de Puerto Rico.
Todo relevo pastoral invita a mirar simultáneamente hacia atrás y hacia adelante. Miramos atrás con gratitud por los 27 años de servicio de Mons. Roberto Octavio González Nieves al frente de la Arquidiócesis de San Juan, y por una vida episcopal que ha dejado una huella profunda en la Iglesia puertorriqueña. Miramos hacia adelante con esperanza ante la encomienda que el papa León XIV coloca ahora sobre los hombros de Mons. Eusebio, quien llega después de haber servido como primer obispo de Fajardo-Humacao y posteriormente como obispo de Caguas.
Sin embargo, esta edición nos ayuda a comprender que no estamos ante un simple cambio de nombres o responsabilidades. Como expresó el Delegado Apostólico, Mons. Piergiorgio Bertoldi, el traspaso pastoral «no es un simple relevo burocrático», sino continuidad de la obra que la gracia de Dios ha ido escribiendo en esta Iglesia particular.
Quizás por eso resulta providencial que el nombramiento se hiciera público en la Fiesta de la Transfiguración del Señor. La Iglesia contempla en el Tabor a Cristo que revela su gloria y fortalece a sus discípulos antes de continuar el camino. También las comunidades eclesiales atraviesan momentos en los que necesitan renovar la mirada, reconocer la presencia del Señor y disponerse a comenzar nuevamente.
El propio Mons. Eusebio ha ofrecido una clave para comprender esta nueva etapa: caminar juntos con fe y esperanza. Su mensaje no está centrado únicamente en lo que él desea realizar como arzobispo, sino en lo que toda la Iglesia está llamada a construir. Al recordar su experiencia pastoral, reconoce que vivimos en un mundo herido por polarizaciones, injusticias y sufrimientos que exigen renovar corazones, relaciones y estructuras para responder con mayor cercanía a los más vulnerables.
Esa invitación adquiere una fuerza especial para Puerto Rico. Mons. Eusebio propone fomentar el diálogo social, sanar heridas, fortalecer nuestras familias y comunidades y afrontar juntos realidades como la violencia, el envejecimiento de la población, la pobreza, el deterioro de servicios esenciales y las divisiones que debilitan nuestra convivencia. Frente a las polarizaciones, plantea una Iglesia capaz de servir como espacio de comunión y fraternidad.
No es una tarea exclusiva del nuevo arzobispo. Ahí está precisamente uno de los grandes mensajes de esta edición. La Iglesia no puede depender solamente de quienes ejercen un ministerio ordenado. Sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas, laicos, familias y comunidades parroquiales estamos llamados a asumir nuestra condición bautismal y ser, como recuerda el Evangelio, «sal de la tierra» y «luz del mundo». Mons. Eusebio lo resume de una manera sencilla: “Juntos, seremos más familia, más comunidad, más iglesia y más pueblo.”
Este nuevo comienzo también está tejido con gratitud. Resultan profundamente significativas las palabras de Mons. Roberto al presentar públicamente a su sucesor. Quien durante casi tres décadas llevó el cayado pastoral de San Juan reconoció en Mons. Eusebio «un corazón grande para amar y servir» y pidió para él fortaleza, sabiduría y la intercesión de Nuestra Señora de la Divina Providencia.
Ese gesto habla de algo esencial en la Iglesia: la misión nunca nos pertenece. Los pastores reciben una encomienda, la sirven durante un tiempo y finalmente la entregan. Lo que permanece es Cristo y el pueblo que sigue caminando detrás de Él.
Mientras Puerto Rico vive estos acontecimientos eclesiales, esta edición tampoco aparta la mirada del sufrimiento del mundo. El papa León XIV vuelve a pedir que se detenga la espiral de violencia, particularmente ante la dramática situación humanitaria de Sudán, recordando que la guerra únicamente genera nuevas heridas y que la diplomacia y el diálogo deben abrir caminos hacia la paz.
Hay una conexión profunda entre ambos mensajes. Una Iglesia que quiere caminar junta debe aprender también a tender puentes en una sociedad dividida. Una Iglesia que proclama esperanza debe trabajar por la paz. Y una Iglesia que recibe un nuevo pastor debe preguntarse no solamente qué hará él, sino qué estamos dispuestos a hacer todos para acompañarlo en la misión.
La edición 33 nos invita, por tanto, a recibir este momento no simplemente como una noticia histórica, sino como una oportunidad espiritual. Agradecer lo vivido, acoger lo nuevo y disponernos nuevamente a caminar.
San Juan recibe un nuevo arzobispo. Pero el llamado alcanza a toda la Iglesia en Puerto Rico: caminar juntos, sanar heridas, vencer divisiones y servir con esperanza.
Que Nuestra Señora de la Divina Providencia acompañe esta nueva etapa y que Cristo siga siendo siempre la luz que indique el camino.



