Cuando un huracán se acerca a Puerto Rico, una escena se repite casi de inmediato: supermercados llenos, estantes vacíos y largas filas para comprar agua, alimentos enlatados y productos de primera necesidad. La imagen se ha vuelto tan familiar que pocas veces nos detenemos a reflexionar sobre una pregunta: ¿qué ocurriría si una emergencia de gran magnitud interrumpiera por semanas o incluso meses la llegada de alimentos a la Isla?
No se trata de ser alarmistas, sino de reflexionar sobre nuestra capacidad de resiliencia alimentaria como país. Somos una isla con recursos naturales abundantes y una rica tradición agrícola, pero también dependemos en gran medida de los alimentos que llegan del exterior. Los recientes conflictos internacionales, los desastres naturales, las pandemias y las interrupciones en las cadenas de suministro han puesto de manifiesto la vulnerabilidad del comercio global. Por ello, la seguridad alimentaria se ha convertido en un tema de creciente importancia.
Según las Tablas de Consumo de Alimentos del Departamento de Agricultura de Puerto Rico, publicadas a través del Instituto de Estadísticas, cada año se analiza la producción local, las importaciones y la disponibilidad para consumo de los principales alimentos que llegan a la mesa de los puertorriqueños. Estos informes muestran una realidad consistente: una parte significativa de los alimentos consumidos en Puerto Rico proviene de las importaciones.
Diversos estudios recientes llegan a conclusiones similares. Una investigación publicada en Frontiers in Nutrition, que analizó la disponibilidad de alimentos entre 2017 y 2019, estimó que aproximadamente el 81 % de los alimentos disponibles en Puerto Rico proviene del exterior, mientras que solo alrededor del 19 % corresponde a producción local, aunque existen diferencias importantes según el tipo de alimento.

Hay sectores donde la agricultura puertorriqueña mantiene una presencia importante, como la producción de leche fresca y algunos cultivos de frutas y hortalizas. Sin embargo, cereales, aceites, alimentos procesados y una parte considerable de las proteínas que consumimos dependen de cadenas de suministro internacionales. Esto significa que la estabilidad alimentaria del país está estrechamente ligada al funcionamiento de puertos, barcos, carreteras y sistemas de distribución.
Esa dependencia quedó dramáticamente en evidencia tras el paso del huracán María en 2017. Además de la destrucción de una parte importante de la producción agrícola local, los daños a la infraestructura, la falta de energía eléctrica y las dificultades en la transportación provocaron que muchas comunidades enfrentaran serios problemas para acceder a alimentos durante semanas. La experiencia dejó una importante enseñanza: la seguridad alimentaria no depende únicamente de cuánto produce un país, sino también de su capacidad para transportar, almacenar y distribuir esos alimentos cuando ocurre una emergencia.
En ese escenario adquieren especial importancia organizaciones como el Banco de Alimentos de Puerto Rico, cuya misión consiste en rescatar alimentos aptos para el consumo que, de otro modo, serían desperdiciados, y distribuirlos mediante una amplia red de organizaciones comunitarias y sin fines de lucro que atienden diariamente a personas y familias en situación de vulnerabilidad. Aunque su labor no sustituye la producción agrícola del país, sí constituye un componente esencial de la red de ayuda humanitaria, especialmente durante emergencias y desastres naturales.
Al mismo tiempo, agricultores, cooperativas, organizaciones comunitarias y proyectos de agricultura sostenible han insistido durante años en la necesidad de fortalecer la producción local. Después del huracán María surgieron numerosas iniciativas dirigidas a recuperar terrenos agrícolas, fomentar los mercados locales y desarrollar sistemas más resilientes que permitan reducir la dependencia de las importaciones sin perder de vista la realidad geográfica y económica de Puerto Rico.
Los especialistas coinciden en que alcanzar una autosuficiencia alimentaria total probablemente no sea una meta realista para Puerto Rico. Sin embargo, sí es posible aumentar la producción de alimentos esenciales, diversificar los cultivos, apoyar a los agricultores locales y fortalecer las cadenas de distribución para responder con mayor eficacia ante futuras emergencias.

Frente a esta realidad, la Iglesia Católica ha procurado responder no solo desde la reflexión social, sino también mediante acciones concretas de solidaridad. A través de Cáritas de Puerto Rico, del programa Unidos Contra el Hambre, de comedores sociales, despensas parroquiales y numerosas iniciativas impulsadas por parroquias, movimientos y comunidades religiosas, miles de personas reciben alimentos y acompañamiento durante todo el año, especialmente en momentos de emergencia. Estas obras son expresión viva de la doctrina social de la Iglesia, que recuerda que el acceso a los alimentos no es simplemente una necesidad material, sino una exigencia de la dignidad humana y un compromiso de toda la sociedad con quienes más sufren.
La pregunta, entonces, no es únicamente si Puerto Rico tiene suficientes alimentos para enfrentar una gran crisis. También debemos preguntarnos qué tan preparados estamos para responder como comunidad. Fortalecer la producción local, reducir el desperdicio de alimentos y apoyar iniciativas solidarias como las que impulsan el Banco de Alimentos, Cáritas y tantas parroquias del país son maneras concretas de construir una sociedad más resiliente. Como recuerda el Evangelio: «Tuve hambre y me dieron de comer» (Mt 25,35). En ese mandato de Cristo no solo encontramos una llamada a la caridad, sino también una invitación permanente a construir una sociedad donde nadie tenga que pasar hambre, aun en medio de las mayores dificultades.



