El 5 de agosto del año 358 d. C., bajo el pontificado del papa Liberio (352–366), ocurrió el «milagro de la nieve» en la colina del Esquilino, en Roma. Según cuenta la tradición, la Virgen se apareció al papa Liberio y a un matrimonio romano, pidiéndoles construir una iglesia en el lugar que ella misma señalaría; y, al amanecer, Roma despertó con nieve en pleno agosto dibujando el contorno del futuro templo. Así se designó el origen de la que hoy conocemos como la Basílica de Santa María la Mayor, una de las cuatro basílicas papales, y la primera gran basílica de Occidente dedicada a la Madre de Dios. Allí se veneran la antigua imagen de la Virgen Salus Populi Romani (Salud del Pueblo Romano) y las reliquias del pesebre de Jesús, recordándonos que María cuida del pueblo cristiano y nos lleva siempre al Niño que es nuestra paz. También allí reposan los restos de nuestro querido papa Francisco, que eligió esa basílica mariana como su última morada terrena por su gran devoción a la Virgen. Cada 5 de agosto, mientras se dejan caer pétalos blancos desde lo alto del templo evocando la nieve, la Iglesia celebra la dedicación de esta basílica y la fiesta de Nuestra Señora de las Nieves, invitándonos a volver a la sencillez del hogar de Nazaret y de Belén.
¿Qué nos dice esta fiesta hoy, a nosotros que estamos celebrando el año jubilar mariano con motivo del 50.º aniversario de la coronación canónica de la Virgen de la Divina Providencia, patrona principal de la nación? Santa María la Mayor es mucho más que un monumento: es un signo vivo de una Iglesia que quiere ser casa segura, luminosa y acogedora, especialmente para los más pequeños y vulnerables. Bajo la mirada de María, la comunidad cristiana está llamada a convertirse en hogar que protege, escuela de vida, refugio de los pecadores, consuelo de los afligidos, salud de los enfermos y refugio de los cristianos.
Al celebrar la fiesta de la dedicación de la Basílica de Santa María la Mayor y la fiesta del 5 de agosto, podemos asumir tres pequeñas tareas para nuestra vida diaria:
- Hacer de nuestra casa un lugar seguro: cuidar la palabra, la fe, los gestos y también los espacios digitales, para que ningún niño, adolescente o adulto vulnerable sea humillado, manipulado o abusado.
- Rezar juntos en familia: recuperar aunque sea unos minutos al día para poner bajo el amparo de la Virgen nuestras alegrías, heridas y decisiones, dejando que María nos enseñe a escuchar y a dialogar sin violencia.
- Abrir la puerta al que sufre: estar atentos en la parroquia, en la escuela, en el barrio, para ofrecer escucha, acompañamiento y ayuda concreta a quien se siente solo o amenazado, convirtiendo nuestra comunidad en una «pequeña basílica», casa de misericordia y de protección.
Que cada 5 de agosto, aunque no veamos nieve en Puerto Rico, dejemos caer sobre nuestras familias y comunidades una “nevada” de gestos sencillos de cuidado, respeto y ternura, y le pidamos a Nuestra Señora de las Nieves que haga de nosotros verdaderos artesanos de la familia, donde Dios pueda nacer y crecer en paz.



