Catedral y Basílica Menor de San Juan Bautista 6 de agosto de 2026 – Saludo con alegría y esperanza a mis hermanos Obispos, a todos los sacerdotes y diáconos, religiosos y religiosas, líderes laicos, pastores y representantes de las distintas denominaciones cristianas y no cristianas, autoridades gubernamentales y civiles, familiares, amigos y pueblo de Dios de la Iglesia que peregrina en Puerto Rico. Hoy, en la Fiesta de la Transfiguración del Señor, me presento ante ustedes como Arzobispo Electo para la Arquidiócesis de San Juan por obra de Dios que se manifiesta en Jesucristo Nuestro Señor y nos llena de su Espíritu, por nombramiento del Santo Padre León XIV, Sucesor de San Pedro. En este contexto de la Transfiguración, todo Obispo, y los pastores en general, tienen una misión única y particular: encender esa fe viva que brota de Cristo Luz del Mundo por todas partes para sanar y liberar corazones, llevando esa Buena Nueva y sirviendo a todos desde el amor y la fraternidad sinodal misionera.
Les confieso que esta designación me tomó por sorpresa, pues acercándonos a los 74 años, no es lo que se espera. Ciertamente, agradezco al Santo Padre, el papa León XIV, su confianza y generosidad con este Servidor. Desde que fui notificado de este nombramiento, fueron múltiples las preguntas que vinieron a mi mente, incluyendo la posibilidad de rechazar esta nueva encomienda eclesial. Pero, haciendo memoria del caminar pastoral y ministerial que he vivido, diversos elementos cobraron fuerza en mi corazón. Desde que fui ordenado sacerdote siempre albergué en mi corazón servir a Puerto Rico y a la Iglesia mientras Dios me diera la salud y la fortaleza mental y espiritual necesarias. Como presbítero, traté de vivir este compromiso con la mayor fidelidad y coherencia posibles sirviendo a niños, jóvenes, adultos y ancianos, a familias y comunidades parroquiales, a los enfermos y a los que viven en las periferias existenciales de la sociedad.
Al ser designado por el papa Benedicto XVI como Obispo para fundar la Diócesis Misionera de Fajardo-Humacao, tuve que aprender a vivir la dimensión misionera de la Iglesia con mayor pasión y alegría ministerial, formándome y caminando cada vez más con el pueblo de Dios. Durante esa experiencia pedía a mis presbíteros, diáconos, religiosos y miembros del pueblo de Dios que no se instalaran en sus espacios de confort y seguridades, sino que estuvieran siempre disponibles para “salir de su tierra” como enviados del Evangelio. Cuando se me llamó por segunda ocasión para servir en otra diócesis por disposición del papa Francisco, no podía ser indiferente a mi llamado constante de disponibilidad misionera en todo momento. Aunque no estaba en la lista de posibles candidatos episcopales para la Diócesis de Caguas, sí estaba en los planes de Dios y en el corazón del papa Francisco. Así, llegué a Caguas sin agenda personal alguna, pero sí dispuesto a caminar con el pueblo de Dios y servir a la Iglesia según me lo permitiera la Providencia Divina. Asumí esa misión consciente de que nos encontrábamos en una época histórica y eclesial marcada por una urgencia profética para caminar juntos como familias y pueblo de Dios, y en un mundo herido y colmado de polarizaciones ideológicas y grandes injusticias. Con la acción pastoral que realizamos en Caguas, buscamos renovar corazones, relaciones y estructuras eclesiales para responder con mayor diligencia al dolor y sufrimiento de nuestra gente en las comunidades eclesiales y prestando mayor atención a los migrantes, a las víctimas de la pobreza, y al maltrato de tantos niños, jóvenes, mujeres y ancianos vulnerables en el país.
Ahora, se nos ha llamado a abrazar ministerial y pastoralmente a esta Iglesia Madre de la Provincia Eclesiástica de San Juan de Puerto Rico: la Arquidiócesis Metropolitana. Se trata de una histórica iglesia con una larga lista de Obispos en la línea sucesoria, siendo el primero Don Alonso Manso, y este Servidor se convertirá en el último en asumir tan encomiable misión ministerial. Agradezco a S.E.R. Mons. Roberto O. González Nieves, OFM, su entrega y servicio por 27 largos años en el pastoreo y gobierno de la Arquidiócesis Metropolitana de San Juan. Sus numerosas Cartas Pastorales reflejan su pasión ministerial y su servicio pastoral en la Iglesia local más grande del país. Quiero también mencionar a S.E.R. Luis Cardenal Aponte Martínez, un pastor de pueblo, cercano y muy presente en el caminar evangelizador de la Iglesia en Puerto Rico. Después de estos dos grandes pastores en la Arquidiócesis de San Juan, comprenderán que llego con gran temor e inquietud, pues los retos y desafíos actuales son múltiples en sus diversos aspectos sociales, económicos, políticos y eclesiales.
Pero, a través de dieciocho años de Obispo he tratado siempre de caminar entre la gente y en medio de las comunidades invocando al Espíritu Santo, confiando en la Providencia Divina que siempre está presente y de la mano de la Virgen María, que es Madre y formadora de discípulos. En esta nueva encomienda en la Arquidiócesis de San Juan a la que he sido enviado por el Santo Padre León XIV y, por tanto, por la Iglesia, la abrazo con fe y esperanza, consciente de mis virtudes y defectos, pero muy dispuesto a caminar en medio de este pueblo puertorriqueño en el mayor espíritu de renovación sinodal misionera que hoy nos exigen los signos de los tiempos. Por tanto, a mis hermanos presbíteros, a todos los agentes pastorales, a los líderes religiosos y civiles en el país, les invito al mayor diálogo social posible para caminar juntos, con el mayor respeto y valoración de lo que somos como pueblo y sociedad puertorriqueña.
Afianzarnos en nuestros valores cristianos como hombres y mujeres de fe se hace fundamental para caminar juntos, para sanar las heridas de nuestra gente y, sobre todo, para responder a sus anhelos más profundos de plenitud, bienestar y concordia fraterna y solidaria. Cultivar estos valores e identidad cristiana, cada uno viviéndolos con sinceridad y honestidad de corazón, podemos darles estabilidad a nuestras familias, llevarles paz y alegría a nuestras comunidades y enfrentar con gallardía los grandes retos de la despoblación del país, superar la violencia en nuestras calles y atender a nuestros niños y jóvenes, a nuestros viejos y abuelos, para proveerles calidad de vida y llenarles de esperanza. No podemos sucumbir ante el ambiente de polarizaciones, de violencias y de guerras que hoy se dan en tantos pueblos. Puerto Rico es un pueblo de paz, pero tenemos que cultivarla y, como nos dice el papa León, “desarmarnos” de odios, egoísmos e intereses mezquinos que dañan las relaciones humanas. Los graves problemas del país, tales como la dependencia colonial, el deterioro en servicios básicos, el envejecimiento acelerado y el aumento de la pobreza, entre otros, tenemos que afrontarlos juntos como pueblo y sociedad boricua.
Aquí, la Iglesia que es Madre y Maestra, experta en humanidad, tiene una gran oportunidad de servicio y compromiso histórico con este país. Por esto, hago un llamado a nuestros sacerdotes, diáconos, religiosos y religiosas, líderes y ministerios laicos, a cada una de nuestras comunidades parroquiales, y a los cristianos y a las personas de buena voluntad en general, a enfocarnos en lo que somos y en lo que tenemos que hacer como hombres y mujeres bautizados para ser “sal de la tierra” y “luz del mundo”, como Jesús pidió a sus discípulos. No tengamos miedo a convertirnos y renovarnos para caminar juntos, para ser hermanos y prójimos de las personas a nuestro alrededor. Juntos, seremos más familia, más comunidad, más iglesia y más pueblo. Desde la Arquidiócesis de San Juan, trabajaremos desde esta perspectiva de comunión y de fraternidad para vencer polarizaciones y aislamientos, egoísmos e injusticias, que dañan proyectos y mutilan las esperanzas y los sueños de nuestro pueblo. Muchas gracias y bendiciones para todos. Mi gente, aquí estamos para servir en Cristo, que “no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida por los demás”.



