Queridos hermanos y hermanas,
queridos amigos,
querido Monseñor Geraldo Ramírez Torres:
Hoy nos reunimos envueltos en una luz muy especial, la que brilla desde el misterio de la Asunción de María al cielo. Es una fiesta que toca el cielo y la tierra, y nos llena el corazón de una alegría inmensa porque vemos en María el cumplimiento de nuestra propia vocación: la plenitud de la comunión con Dios.
En este escenario de gloria, el Señor ha querido regalarte tu ordenación episcopal, un acontecimiento que forma parte del obrar misterioso de Dios para su Iglesia.
Es un momento que nos emociona a todos, y en especial a nosotros los obispos. Les agradezco que estén aquí en gran número: no solo a toda la conferencia episcopal de Puerto Rico, a la que saludo en la persona de su presidente y Arzobispo electo de San Juan, Monseñor Eusebio, sino también a los demás hermanos que han venido hoy a Ponce para mostrar de forma tan bonita la comunión entre obispos. Al ver tu ordenación, recordamos la nuestra; le pedimos al Espíritu que sople sobre ti y, con sencillez, pedimos que vuelva a encenderse también en nuestro interior.
Querido Monseñor Geraldo:
Ninguno de nosotros camina solo hacia el altar. Tu vocación no nació de la nada; es una semilla que Dios sembró en la tierra buena de tu familia. Tu episcopado hunde sus raíces en lo que podríamos llamar el altar del hogar. Al mirar hoy a tus padres, Emma y Andrés, que nos preceden en la casa del Padre, solo podemos dar gracias por su ejemplo de profundo amor a Dios y de fe firme.
Tu hogar fue un santuario de oración de cada día, donde el Santo Rosario era el momento sagrado que los mantenía unidos. Fue ahí, en la sencillez de una familia grande —junto a tus hermanos y hermanas, especialmente Pascual que ya se han reunido con tus padres en la Pascua eterna—, donde aprendiste a conjugar el verbo amar en plural. En esa mesa compartida, entre risas y sacrificios, descubriste el valor de la solidaridad y de la paciencia, viendo que el cariño se hace real en los gestos de tu mamá Emma con los enfermos y en la vida recta de tu papá.
Esta herencia de afecto y fe es el cimiento sobre el que hoy soplará el Espíritu para llevarte al santuario eterno. Asimismo, el providencial encuentro con los marianistas dejó una huella indeleble en tu corazón, enseñándote la hermosa vocación de entregarte con sencillez y generosidad a los más necesitados. Entre ellos, permanece grabado en tu el recuerdo de aquel hombre humilde y sencillo en Guánica, quien te ofreció agua en una modesta lata por ser el único recipiente que poseía; un gesto de profunda humanidad coronado por un cálido abrazo que jamás se desvanecerá de tu memoria, pues en la pureza de ese instante, sentiste que recibías el abrazo mismo de Jesucristo.
Tu camino hacia este altar donde vas a ser ordenado obispo te ha hecho compartir, como vicario parroquial y como párroco, los caminos de numerosos fieles de la diócesis de Ponce que hoy están aquí a tu alrededor, manifestando su alegría por esta nueva etapa de tu camino vocacional, junto con la gratitud por la generosidad de tu servicio sacerdotal. Expreso mi más profundo agradecimiento por su valiosa presencia en este día. Asimismo, hago extensiva esta gratitud a aquellas almas encomendadas a tu cuidado que hoy, por razones evidentes, no pueden acompañarnos en su totalidad: tus hijos y hermanos nuestros de la pastoral penitenciaria. En este sentido, deseo destacar y honrar de manera especial la presencia de algunos de sus miembros que hoy nos acompañan en esta celebración. No todos están presentes físicamente, pero sí lo están por radio y, sobre todo, en comunión de oración con nosotros para que el Espíritu descienda abundantemente sobre tu persona. A ellos también va dirigido nuestro saludo y nuestro abrazo de paz y de esperanza, el mismo que desde hace muchos años reciben de ti cuando los visitas.
El lema que has elegido, “Quédate con nosotros”, nos trae a la mente el deseo profundo de los discípulos de Emaús, ese impulso secreto de la Escritura en el que la persona, en medio de la oscuridad y la confusión, reconoce que necesita la luz de Dios.
Para ti, ser obispo hoy significa hacer tuya esa oración y, al mismo tiempo, volverte respuesta para el pueblo que se te confía. La palabra “morada”, que es la versión más profunda del ‘quedarse con’, muestra cuál es tu misión: habitar la vida de la gente, hacer hogar junto a Cristo y a los hermanos. Como los discípulos que “obligan” a Jesús a quedarse, tu ministerio debe ser una invitación abierta y constante, para que todos puedan encontrar en ti un hogar y un refugio.
Del “quedarse” con Él nace el cambio: pasando de la Palabra al Pan, tu rostro de pastor tendrá que reflejar el rostro mismo del Señor Resucitado. Esta llamada no es solo un anhelo humano, sino la vocación más profunda de todo ser humano: hallar su verdadera casa al acoger al Resucitado.
Esa vocación última también es el lugar del diálogo con las demás autoridades que sirven a la humanidad en esta Isla del Encanto que es Puerto Rico. Te recuerdo que hablar con ellos y lograr una buena unión de trabajo es otra forma de evangelizar, una forma elevada de caridad, así como el Santo Papa Pablo VI, definía la verdadera política. Agradezco a los representantes de las instituciones su presencia, porque con ella reconocen, por un lado, el valor de la Iglesia católica en la cultura, la historia y el porvenir de Puerto Rico, y por otro, su deseo de mantener vivo ese diálogo del que hablaba.
Queridos amigos:
La liturgia de hoy nos presenta a María como la “mujer vestida de sol”, metida en una lucha grande contra el dragón. Esto nos recuerda, querido Jery, que el camino del obispo no es un sendero de pura luz, sino que conoce las dificultades de la vida cristiana. La Iglesia —y tú con ella— llega a la victoria pasando por dolores de parto, enfrentando la lucha entre la mentira y la verdad, entre el egoísmo y la entrega.
Sin embargo, la Virgen de la Asunción nos asegura que la meta de nuestro camino es el cielo. María, que vivió cada momento con paciencia y humildad, está ahora en la gloria. Ella te enseña que la sencillez de la vida de cada día, si se vive en Dios, se vuelve eterna. Por eso, no temas a los cansancios: la Madre de Jesús comprende nuestros sufrimientos y te cuida, dándote una esperanza firme en la victoria final.
Querido hermano:
Recibes hoy una misión que se resume en tres cosas: la carga de Dios, el servicio a la Iglesia y el bien de las almas.
- Sé maestro de oración: haz de tus comunidades escuelas donde el encuentro con Cristo se vuelva adoración y escucha.
- Sé anunciador de la Palabra: deja que el Evangelio te llene por dentro, para que cada palabra tuya sea un encuentro vivo para quien te escucha.
- Sé constructor de comunión: actúa como alguien que sabe hacerle espacio al hermano, ayudando a llevar los pesos de los demás.
Recuerda siempre, sin embargo, que llevamos este tesoro en vasijas de barro. Tu fragilidad es el lugar donde brilla la fuerza de Dios. Siéntete siempre, antes que maestro, un compañero de camino y un oyente de la Palabra junto a tu rebaño. A propósito de esto, el Papa León XIV, que te ha llamado a este servicio en la Iglesia de Ponce, recordó lo que su maestro espiritual, san Agustín, decía sobre su labor como obispo: “Si me asusta lo que soy para ustedes, me consuela lo que soy con ustedes. Con ustedes soy cristiano, para ustedes soy obispo. Aquél es un nombre de cargo, éste de gracia; aquél es un nombre de peligro, éste de salvación”.
En verdad, el obispo ya no se pertenece a sí mismo: desde hoy, la medida de tu vida será la entrega total de ti mismo, vivida con un corazón lleno de misericordia.
A pesar de los cansancios, lo que debe notarse más en tu ministerio es la alegría. Nada se compara con el gozo que nace de escuchar el susurro de una palabra del Esposo. Como María en su Magníficat, aprende a alabar al Señor por las cosas grandes que hace en ti y a alegrarte por su misericordia, que se inclina ante la humildad de sus servidores.
Por eso, te animamos —también en nombre de los demás obispos aquí presentes—: “¡Rema mar adentro!” (¡Duc in altum!). Lánzate con esperanza en este mar tan ancho, confiando únicamente en la ayuda de Cristo y en el amparo de la Virgen de la Asunción.
Que María, Madre de la fe y de la alabanza, te ayude a mirar el mundo como ella lo ve, a ver la historia como el lugar donde Dios nos muestra su bondad, y a participar cada día de su alegría.
Quédate con nosotros, Señor, y quédate con nuestro hermano Geraldo, para que por medio de él tu luz brille en el mundo. Amén.



