El sordomudo

Jesús, caminando por tierras gentiles, se encontró con “un sordo que no podía hablar”, (Mc 7, 31 ss). Es obvio, si nació sordo nunca ha podido imitar los sonidos para hablar. Es el ser humano en total incomunicación. Claro, ya hoy en día hay remedios; no en aquellos tiempos. Y el suceso acontece con un gentil, indigno para un regalo de Dios según el judíocerrado. Y con el regalo comienza aquel pobre hombre a captar la maravilla de vivir llevando a su cerebro todas las sensaciones.  

Oyendo a las parejas, pienso que uno de los grandes demonios es la mudez. Triste realidad. Y cuando se llega a ese estado de forma irremediable, ya no queda en el futuro de la pareja sino manos frías, miradas adúlteras y divorcio. Se han quedado sin alternativas, como el carro sin gasolina en el expreso. Porque si algo ha de mover a la pareja en esa convivencia debe ser el continuo compartir, y de forma especial en el diálogo. Supongo que otros, como yo, lo habrán sufrido, al visitar en soledad algún país sin poder orientarse ni entender la orientación pedida, por culpa del idioma. Mi impresión en un momento fue de desesperación en medio de un lago, y siendo un pobre nadador.  

Estoy consciente de ello al comenzar cada Taller de Renovación Conyugal. “Uds. vienen aquí –les digo– porque sufren fuertemente la presencia de un problema: lo sorprendiste a él en adulterio; la vida casada ya no te ilusiona, te apesta; ya consultaste con el abogado. Pero ese no es el problema real, sino la consecuencia de otro. Ya hace tiempo que el intercambio mutuo se secó. Y ya no sientes futuro”. Y solía utilizar la imagen de la mesa, pequeña cuando novios, pero que poco a poco se va alargando como inmenso vacío entrelos dos. 

Así pasa nivel internacional: mientras las potencias hablaban –Putin y Trump se encuentren– hay esperanza. Al menos por montos no se entran a golpes. Mientras el matrimonio analice mutuamente lo que pasa, saquen fuera sus íntimos sentimientos, hay esperanza. Porque el problema es de ellos, y también la solución. ¡Porque nadie en realidad puede dictar soluciones o consejos, sino hacer que el otro refleje las propias soluciones que porta… pero que no comunica!  

Pienso que el matrimonio tiene muchísimo de contrato. No es lo único; lo íntimo de esta relación es indefinible, y como sacramento mucho más. Pero para “andar por casa” para posibilitar la convivencia práctica, es necesario un contrato, cuanto más explícito y detallado mejor. Y el contrato es un acuerdo mutuo logrado a fuerza de negociaciones. Imaginen unas relaciones obrero-patronales en que ninguna de las partes quiere hablar, no expresan sus aspiraciones laborales, ni analizan las posibilidades reales de conseguir ese objetivo. Lo que vendrá será caos, huelga indefinida, taller cerrado. Por eso, he llegado a la conclusión de que, en la práctica,  
“el matrimonio es un continuo acuerdo de mutua satisfacción”. 

Así en el matrimonio. Funciona por un acuerdo que se logra comunicando las propias necesidades y las posibilidades para donarle al otro. Lo que quiero y lo que ofrezco. ¿Pero cómo será eso posible si no se hablan? No extrañan, entonces, los malos entendidos, los gritos, las frustraciones, las frialdades. Se está en una tarea sin ton ni son. Y precisamente ese momento crítico, en que algo muy importante de tus expectativas colapsa, pide a grito una renovación clara y precisa del contrato matrimonial. Es momento para largas horasde conseguir acuerdos, conversando. 

Por eso, tenemos que seguir repitiendo: comunicarse es cuestión vital. El intercambio a solas, es intimidad, en participación de sentimientos, es tan vital a la pareja como el agua a la planta. En el Taller de Renovación Conyugal lo único que hacemos es crear un ambiente en que este diálogo se propicie por todos lados. En la sala de un hogar leí: “El amor, como el pan, hay que ponerlo al horno cada día”. De eso se trata. Sin imitar al pobre sordomudo.  

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