La torpeza de los adultos enciende el llanto de los menores. Los pequeños, traídos a este mundo en medio del desgaste emocional de sus progenitores, traen de antemano una limosna en su ser, que la ofrecen al nacer y se arremolinan dentro del desamor, desorden y agotamiento espiritual. Enredados en la madeja delictiva, esos angelitos pagan por un pecado que no cometieron, por una trivialización de la vida matrimonial.

En este mundo de los disloques valorativos se cae fácilmente en los atolladeros que brotan espontáneamente de unas ideas a galope, que son pasto para las llamas. Se vive en la magia del fuego esperando que quede algo útil cuando las llamas devoren el yo repartido en errores y engaños. Como nada es malo y la vida merece ser gustada al máximo, los protagonistas de estas historias que ponen los pelos de punta, se sirven con la cuchara grande o se tornan casi imperceptibles en esos debacles del corazón.

Algunos continúan preguntando: ¿Por qué traen niños al mundo a sufrir? Todo este pensamiento tiene como mirada triste a aquellos de baja condición económica, que están íntimamente atados a la pobreza. Cuando se trata del jet set internacional los juicios son menos rigurosos, más razonables porque viven en el lujo y el esplendor. Parece que tienen una piel especial, un atractivo justificativo de piedad que estremece y excusa.

Los niños maltratados, abusados y en oferta de conseguir un padre y una madre tienen que contentarse con los afectos secundarios, con miradas agradables de parte de amigos y familiares. Estos, a pesar del cariño y la preocupación esmerada, reaparecen una vez más en el escenario de aquellos adultos que viven al garete o en pública subasta. El dolor de aquellos niños, dejados en la intemperie valorativa, penetra en el corazón y se convierte en calamidad para aquellos que les fingieron amor y les dejaron al amparo de la vida misma.

Se les exige mucho a los niños que han nacido en la negación de un vientre y hoy viven a merced de servicios sociales. Ellos hacen lo que pueden, pero han sido vapuleados en su dignidad y decoro y les cuesta tiempo y trabajo para echar hacia delante. Los padres están llamados a amar, servir y respetar a sus retoños. Es una asignación pendiente para estas nuevas generaciones que les entregan a los abuelos la responsabilidad y el cuido de los niños.

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