Muchas han sido las enseñanzas tras el devastador paso del huracán María por el archipiélago borincano. Ante la falta de agua, luz, combustible, telecomunicaciones e Internet muchos hemos tenido que salir de la comodidad, crear conciencia del valor de elementos vitales y despertar a la realidad del prójimo. Pero, ¿qué hemos aprendido o qué nos tenemos que replantear como pueblo?

Los niágaras domésticos. El agua es vida y la vida no se desperdicia o se despilfarra porque se tiene demás. Muchos se prepararon, algunos para un huracán categoría 5 otros se prepararon con el escepticismo de que no llegaría el temporal. Lo cierto es que todos aprendimos que el agua es tan valiosa como el oro. Aunque con la escasez de agua, un vaso de oro y uno de barro ambos vacíos no quitan la sed, hacen lo mismo, pero sin agua no sirven de mucho. Valorizar el agua y ser prudentes en su utilización no se debe limitar al tiempo crítico por el que atravesamos en la actualidad. ¿Acaso sería prudente quitarnos años de vida porque sí o botar cientos de dólares por la alcantarilla? El agua es literalmente sinónimo de vida.

Los celu-adictos. Más allá de los juegos, la comunicación celular, la cámara y hasta el trabajo que habitan en el dispositivo celular (que se ha convertido en un todo), la comunicación directa y personal se tornó la principal vía de comunicación de los puertorriqueños. Ese contacto directo nos ha abierto al mundo del otro, a escucharlo y acompañarlo, a sufrir sus vivencias, a conmoverse y a la acción. Es impresionante cuán importante es esta comunicación directa y cuánto nos perdemos de ella por limitarla a un mensaje de texto. En ese sentido, el temporal derribó una gran frontera digital de nuestros ojos para poder apreciar seres de carne y hueso; nos sacó de un micro mundo virtual y nos dejó en el mundo real.

Faltaría mencionar que desde la estación espacial nuestro astronauta Joseph Acabá debió ver a Borinquen totalmente apagado durante la noche en medio de las aguas caribeñas. Esto solo por mencionar la fragilidad de nuestro sistema eléctrico. También, la dichosa fiebre de velocidad como en la mañana sabatina habitual no faltaban los motores acelerados por las calles rectas. Aunque creo que con la tremenda fila de horas se pensará mucho para acelerar el carro. En fin, más allá de estas enseñanzas, el valor de la familia y de la comunidad que sale al encuentro de los más vulnerables son tesoros que se vivieron con mayor intensidad durante estos días. El Huracán nos golpeó fuerte, pero es justo y necesario que reflexionemos en qué hemos aprendido en la escasez vivida y cuántas veces hemos respondido a esa llamada de Dios a ayudar al prójimo, mi próximo. Todavía hay tiempo…

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