Hemos de contemplar todas las razones para apreciar el ser y mostrar gratitud. Comenzando por el mero hecho de existir, aunque sea en forma de materia inerte, como la piedra y la estatua. Por la bondad ontológica y metafísica, es mejor ser que no ser.

Pero además disfrutamos el don la vida: crecemos en altura y profundidad como el árbol. Más aún, nos movemos de un lugar a otro y nos caracterizan órganos y funciones, sentidos que nos instalan en el reino animal. Y por encima de todo, poseemos conciencia, voluntad, espiritualidad y facultades superiores como seres humanos.

Afirmamos el ser en sus diversas manifestaciones, y sentimos sed de lo absoluto e infinito y hambre de amor. La primera y fundamental riqueza donada fue nuestro ser maravilloso y perfectible, en comunión con los otros que también son un tesoro extraordinario. Recibimos asimismo un cofre de valores regalados. Capaces somos de reír y llorar, de sentir y esperar, siempre agradecidos.

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