En la venta de tabaco, azúcar, drogas, fertilizantes, bebidas y comidas tóxicas y otros productos nocivos, todo se reduce, en última instancia, a la lucha entre el dinero y la vida. Siempre se cuenta y repite la misma historia de mentiras y enredos dictada por la propaganda comercial. Las grandes empresas pagan por estudios amañados que les favorecen. Y algunos granujas, vestidos de políticos, u otros embaucadores inescrupulosos, disfrazados de sabios, se prestan a defenderlas a cambio de una abultada recompensa pecuniaria.

 

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“El artífice de este universo era bueno. Y quien es bueno, no tiene partícula alguna de envidia en él.  Estando, pues, exento de envidia, quiso que todas las cosas se le asemejaran lo mejor posible” (Platón, Timeo, sección 4, El motivo de la creación).  A buen entendedor, pocas palabras bastan. El envidioso no se ajusta a la intención ni a las actitudes originales que inspiraron la obra divina.  Mas bien imita, al igual que el ambicioso vicioso, los rasgos parasitarios. En lugar de reconocer los talentos del prójimo y repartir la bondad y los bienes con generosidad y magnanimidad, hurtan con suma maldad y craso egoísmo.  

 

Aníbal Colón Rosado 

Para El Visitante 

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