Mis primeras visitas formales a El Visitante fueron hacia 1978, cuando me entrevistó el P. Félix Struik sobre el tema de la educación. Posteriormente seguí colaborando en un suplemento, comunicados y artículos. A raíz de mi nombramiento como miembro de la Comisión Episcopal de las Comunicaciones Sociales en 1980, me correspondió asesorar en torno a la prensa escrita, especialmente al semanario católico. Desde el 29 de noviembre de 1981 hasta el 21 de febrero de 1982, aparezco en el directorio del periódico como secretario de redacción. En la mesa de redacción también corregía galeras y ayudaba al editor.

Aunque trabajaba en la Universidad Católica, mantuve vínculos con el semanario; y el 24 de diciembre de 1983 ya ocupaba el cargo de Director Asociado. El 8 de septiembre de 1984 me convertí en Director, labor que desempeñé hasta el 31 de diciembre de 1999. Al principio sólo recibía medio sueldo, debido a la precaria situación de la institución. Hice de todo: desde el mando ejecutivo hasta las tareas de un factótum. La crisis del periódico mostraba síntomas alarmantes: deudas ($250,000), mudanza forzosa, inestabilidad administrativa y otros factores adversos.
Al borde de la bancarrota, la Providencia dispuso que confluyeran varios signos de esperanza. En condiciones de recia austeridad, los empleados se esforzaron generosamente para superar las graves dificultades. La Junta de Directores, bajo la presidencia de S.E.R. Mons. Fremiot Torres Oliver, impulsó las decisiones acertadas, particularmente en los asuntos financieros. Las parroquias, escuelas y empresas nos ayudaron a levantar la obra. Con voluntad firme y constante, el semanario honró sus deudas, adquirió dos edificios y acumuló los ahorros necesarios, a fin de consolidar su presencia entre los medios de comunicación social. Paulatinamente se fue abriendo paso, aumentando la circulación y el número de páginas, mejorando el formato y el contenido, asimilando las nuevas técnicas y aprovechando los vientos favorables de las circunstancias.

Como parte de los acontecimientos propicios, debo mencionar la visita de Juan Pablo II. Esta coyuntura, a la misma vez que complicaba mi agenda, se iba a convertir, sin que yo lo supiera, en una tabla de salvación. Perteneciendo a la Comisión de la Visita Papal, cooperamos arduamente con las otras instituciones que coordinaron los minuciosos detalles de tan importante suceso. De la noche a la mañana, las nuevas instalaciones del semanario se convirtieron en centro de información al cual acudían el público y los demás medios de comunicación, buscando conocer los pormenores de los preparativos. Los beneficios fueron palpables: la tirada ascendió a 71,000 ejemplares; el número de páginas aumentó a 40; la edición previa recogió 105 anuncios; la edición especial del 13 de octubre de 1984 ha sido la única que se editó y distribuyó de un día para otro.

El Cardenal Aponte Martínez expresó su satisfacción: “A nombre mío muy personal, y de los Señores Obispos de Puerto Rico, quiero agradecerte la gran cobertura que dio El Visitante a todo lo relacionado con la visita papal, antes, durante y después”. Asimismo, el Delegado Apostólico, S.E.R. Monseñor Blasco F. Collaço, efusivamente encomió la labor del Director y los progresos que había visto en el contenido del periódico El Visitante: “Quiero expresarle mi vivo aprecio por su dedicada colaboración, en más de un sector, en la preparación y en el mismo desarrollo de la memorable primera visita pastoral de un Papa a Puerto Rico. He podido notar cómo El Visitante ―que dicho sea de paso, ha mejorado bastante en su contenido desde hace algunos meses, según se lo he comentado también a los Señores Obispos― preparó convenientemente y con tiempo a sus lectores a este encuentro histórico con el Supremo Pastor, al evento dedicó luego una Edición Especial (6-12 de octubre) y, a las pocas horas de haber el Papa dejado San Juan, salió con otra (13-19 de octubre) que daba noticias todavía frescas acerca de la breve pero intensa presencia del Santo Padre en tierra borinqueña”.

Puedo mencionar otras señales alentadoras: el aumento de salarios y bono de producción de los empleados; los donativos enviados a parroquias e institutos de servicios sociales; el fortalecimiento de las páginas diocesanas; los escritos del semanario citados continuamente en la prensa laica; el aumento de suplementos y ediciones especiales; las gráficas de circulación y publicidad según el calendario litúrgico; las campañas de promoción; la colaboración en las causas de beatificación, en el V Centenario de la evangelización y en el Milenio 2000; la divulgación de la doctrina social católica y la orientación en los comicios electorales y las consultas políticas…

Pero no todo fue miel sobre hojuelas. Veamos algunos síntomas inquietantes. Tuvimos a punto de que se suspendiera la circulación en dos diócesis. Cuando se cerró El Mundo, salimos corriendo hacia las imprentas de El Nuevo Día. Siempre nos amenazaba al alto índice de mortalidad en la prensa católica. Resultaba difícil llevar el periódico a otros mercados. Si bien representábamos una comunidad criolla en la que comulgaban catolicismo y puertorriqueñidad, algunos nos acusaban de tendencias ideológicas.
Mis limitaciones son prueba del auxilio divino y la solidaridad humana. Sólo contaba con mis conocimientos en filosofía y letras, algunos escritos en libros, periódicos y revistas, un curso de opinión pública y la experiencia de las comisiones. El resto fue un milagro. He pasado más de la mitad de mi vida en estrecha relación con El Visitante, lo cual ha sido una bendición para mi familia y mi afición literaria. Cuarenta años sí son algo. Seguimos anunciando la buena noticia.

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