Angustias y sufrimientos

A temprana edad nuestros niños sienten el flagelo de la indiferencia, el abuso, la soledad. Enfrentados a la torpeza de una vida carente de amor, nuestros niños tienen que hacerse adultos antes de tiempo para poder subsistir en los ambientes de negatividad que les ha tocado vivir. Ese forcejeo con la realidad del desamor, los vicios y la fragilidad de todo ser humano, convierte a ese sector de la población en una de vaciedad y angustia.

La disciplina familiar está agotada, no tiene las reservas espirituales y morales para hacer frente a la permisividad rampante. Ante el ofrecimiento de placer, días de ocio a tutiplén y uso de celulares a todo momento, se cae en el despilfarro desolador. Lo aprendido en el hogar se deja en el tintero hasta nuevo aviso y se respalda el modernismo con su apabullante aplauso a los sentidos.

Hogar, escuela e iglesia quedan al margen ante las ofertas, quimeras y sofismas que se dan la mano para contrarrestar el tradicionalismo de la sabiduría, que son momentos de vandalismo intelectual y quedan abofeteadas por la nueva cultura del libertinaje. Parece ser que se vive retando lo que hizo la diferencia para establecer la colindancia de una moral sana y provechosa.

Los niños viven a expensas de divorcios, de maltratos de toda índole, de la impiedad. Los que se juraron amor, ya han vaciado el corazón y los retoños llevan la pena en todo su ser. Lo más triste es cuando los ex esposos decían: “Ellos entienden”. Nadie puede entender la ruptura de dos que eran ídolos, casi míticos; un trozo de paz para el alma y los sentimientos.

No hay manera de crear una sociedad justa y razonable si nuestros niños lloran por dentro y buscan una pizca de amor. Si les falta el amor se agota la buena intención de vivir de cara a lo bueno y lo justo. Una vez que la mente y el cuerpo se atrofian, por falta de un cariño indiviso, se cae en el lloraito interior, una especie de lagrimeo que nadie puede contener.
Esas luchas de David contra Goliat, entendiéndose los niños versus los mayores, agudiza la propensión a dudar de los mayores, a ver la edad adulta como una de grandes contradicciones y falsas expectativas. Es hora de acoger a los niños y rescatarlos de los ambientes del desamor y la indiferencia.

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