En estos momentos inciertos, se busca como antídoto la receta médica; bálsamo para las heridas del cuerpo. Sufre el ser humano y la congoja se agiganta ante epidemias, enfermedades crónicas y costos de medicamentos. Hay todo un conglomerado de recias batallas que se escenifica en el mundo de la salud, en esos equilibrios en que cuerpo y alma son frontera y cercanía.

Frente al dolor y a la agonía se echan de menos los propagandistas del amor que se hacen presentes en la familia, el amigo, el vecino. Esa comunicación revestida de un historial de amistad y preocupación, hacía la diferencia cuando alguien se enfermaba. Teses, pomadas hechas de plantas, baños con esencias de olores nuevos, creaban un entorno religioso que era ampliado por el rosario de rodillas en suave deleite devocional o con cantos a la Virgen como enfermera del corazón abatido.

Domesticar el dolor con estrategias de la medicina requiere de un ritual amoroso que comienza por la cortesía y elegancia del galeno que escucha nuestros reclamos de “no me siento bien”. Esa impresión de suavidad de espíritu desglosa toda una interioridad herida o una irritación cutánea que se mejora con un ungüento cuasi milagroso.
Sin el amor como pacificador de entuertos y males se adormece el cuerpo entero y se cae en el escepticismo mayor. Esa falta de oxígeno superior marchita el jardín de los afectos y la callosidad del alma no permite un sembradío de salud que sea regadío primaveral, una especie de cascada de luz que ayude a disminuir los achaques, miedos, situaciones inventadas.

El dolor íntimo de todo hombre y mujer que habita en esta tierra se apertrecha en la mente y el corazón de toda una amplitud de negativismo, de atrechos de ilusión que entorpece la felicidad cercana. Son tales los engaños de la vida misma que al perder el equilibrio cielo-tierra, las enfermedades hacen su agosto, se multiplican en su santiamén.

En todo momento la dulzura del amor deber ser suero del alma, una especie de trinchera para repeler a las malas influencias que vagan por todos los sitios y se denominan anfitriones de la salud. Sin el amor como deleite, la enfermedad será acoso, dolor, angustia, pesares…

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