El 23 de abril de 1973, lunes de Pascua, al caer de la tarde, Madre Soledad Sanjurjo Santos entraba a participar en la Pascua eterna del Señor.  Su vida había sido un continuo abrazar la cruz, como un modo de participar en la cruz de Cristo.  Abandonada siempre en las manos de Dios hizo frente a las dificultades propias sin que el desaliento frenara nunca su avanzar, mientras que atenta siempre a su entorno, velaba para que ninguna cruz pudiera aplastar a quienes la rodeaban.  Sabía por experiencia que las cicatrices de Cristo nos han salvado y que la gracia merecida por Él para cada persona, supera con mucho a nuestra debilidad.

 

Impulsó su vida la certeza que caracteriza a los testigos de la Pascua de todos los tiempos:  la seguridad firme de que Cristo vive y con Él y desde Él ni las cruces ni el dolor ni la misma muerte tienen la última palabra, porque nada ni nadie puede apartarnos del amor de Cristo que por nosotros ha muerto y resucitado, para que con Él nuestra vida no tenga fin y mientras dura en esta tierra venga a ser testimonio por nuestra entrega, de que en Él vivimos, existimos y por Él morimos en su muerte y resurrección.

 

Afrontaba con tanta serenidad la vida de cada día como la muerte que aceptaba de antemano como encuentro definitivo con Cristo, Señor de la vida:

“Vivamos para el día, que nuestra vida sea un acto de continua preparación para la última hora”.

 

“Gracias al Señor, me siento muy feliz y contenta en su santa casa esperando su llamada para ir al cielo y ver al Señor”.

 

“Bendito sea el Señor que ha tenido a bien devolverme la salud, aunque yo, estaba y estoy conforme con lo que Él disponga de mí”.

 

“Procuro estar preparada todos los días y hago todas mis confesiones como si fuera la última de mi vida. Espero que mi muerte, aunque sea repentina, no será imprevista”.

 

Por Madre Julia Castillo, postuladora

Para El Visitante

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