Hemos llegado al gran día; nos hemos preparado para vivir este día por ello: Feliz Navidad para todos. Una felicidad que nace de una mirada profunda al acontecimiento que hoy la Iglesia celebra; una mirada al Señor que siendo Dios se revela, se acerca, se presenta a nosotros sin otra carta de presentación que la pobreza, la confianza que puso José y María; la llamada a los pastores para que contemplaran los primeros, esta llegada hermosa que Dios nos regala y por eso es Navidad.

Por tal razón hoy todos debiéramos compartir esta alegría con la familia y los amigos; debiéramos compartir un felicidades que nace de esta experiencia de saber que se desvela ante nosotros el Dios de la vida y la salvación.

La Primera Lectura recoge lo que por tantos días nos ha ido anunciando el profeta Isaías. Un llamado lleno de alegría, de esperanza, de buena noticia para el pueblo de Israel. Por eso los invita: “Romped a cantar a coro, ruinas de Jerusalén, que el Señor consuela a su pueblo, rescata a Jerusalén”. Todo un llamado a reafirmar la alegría de que Dios cumple sus promesas y que ha llegado ese momento tan esperado por todos.

 

Salmo Responsorial (Sal 97) Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios

El salmo 97 tiene un claro significado mesiánico y escatológico; nos hace contemplar la victoria final de Dios sobre el poder del mal y la salvación que conseguirá Israel para todos los pueblos: El Señor da a conocer su victoria. Se trata de un himno al Señor, Rey del Universo y de la historia (cf. v. 6). Se define como “cántico nuevo” (v. 1), que en el lenguaje bíblico significa un canto perfecto, pleno, solemne, acompañado con música de fiesta. Hay alegría porque Dios se dispone a amar a su pueblo.

La Segunda Lectura nos lleva a reflexionar el acontecimiento de Jesús desde el marco de un proyecto de salvación. La fuerza y entrega de Jesús es acción salvífica. Con estas palabras: “Él es reflejo de su gloria, impronta de su ser. Él sostiene el universo con su palabra poderosa”. El autor reafirma cómo el Dios de Israel es quien  hace posible lo que el pueblo ha esperado desde tiempos antiguos. La promesa ha llegado, es Navidad. Por eso la alegría debe ser el signo que acompañe nuestro corazón.

El Evangelio de hoy, a diferencia del que escuchamos anoche, que recogía el acontecimiento histórico y los personajes protagonistas de todo este proceso, María, José, los pastores, el pesebre, en fin que describía un acontecimiento de amor enternecedor. Pero hoy Juan nos lleva a la reflexión de ese acontecimiento. ¿Qué pasó con el nacimiento de Jesús? Que la palabra, Dios mismo dirigiéndose a su pueblo había llegado entre nosotros. Y esa palabra se convertiría en luz para disipar las tinieblas en las que vivimos. “En la Palabra había vida, y la vida era luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió”. Esa lucha va a ser una constante en medio de la vida de los pueblos de todos los tiempos.

Es por eso que la Navidad implica esa reafirmación del proyecto de Dios en nuestras vidas; es aceptar que la vida de todos está salvaguardada por el amor, por la luz, por la fuerza que implica todo el proyecto que Jesús inaugura con su presencia.

Por ello felicidades queridos hermanos de El Visitante; que esta Navidad sea una llena de esperanza y fuerza en el que todo lo puede.

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