El corazón humilde de Jesús 

El Profeta Zacarías, al profetizar que el Mesías vendría entraría montado a Jerusalén montado en un burrito, enfatiza la humildad del Mesías, una humildad que sería poderosa. 

San Pablo en la Carta a los Romanos, toca una teología muy profunda acerca del Espíritu Santo y lo que hace en nosotros.   

Uno de los extractos más bellos del Sermón de la Montaña en el Evangelio de San Mateo es la invitación de Jesús a que encontremos fuerza en su humilde corazón.   

Zacarías es el profeta que profetiza (valga la redundancia), que Cristo va a entrar de forma humilde a Jerusalén montado en un burrito.  Obviamente Jesucristo, para cumplir con esta profecía, es lo que hace.  Pero, lo que quiere enfatizar el profeta, no es sólo la humildad del Mesías, sino que esa misma humildad le da poder, le da fuerza para destruir y construir, un poder que le viene de Dios.  Esto contrasta mucho con la imagen que tenemos del humilde. Para nosotros, el humilde es una persona boba, zángana, que se deja manipular y deja que los demás hagan de ella lo que les dé la gana. Al contrario, el humilde es una persona poderosa, emprendedora, enérgica, porque pone su confianza en Dios y sabe que Dios la va a proteger en los momentos de dificultad. Se sabe que está asistida por Dios y por eso se enfrenta a cualquier dificultad que se le presente. Las dos personas más humildes que conozco son Jesús y la Virgen María.  Ambos son de carácter fuerte, ambos se enfrentan a todos los obstáculos que se les presenta porque se saben asistidos por Dios. 

Y hablando de Cristo humilde, nos presenta su corazón como fuente de consuelo, de amor, de paz y de fortaleza precisamente porque su corazón es humilde.  Aquí podemos decir dos cosas: una persona realmente humilde es una persona compasiva, que da paz, que está abierta a todo el que se acerca a ella; tiene su corazón abierto para todo el mundo.  La persona humilde inspira confianza, inspira paz y por eso, uno se siente en la libertad de abrirse hacia esa persona y confiar en ella. 

Lo segundo es, que los humildes, y el cristiano en general, encuentra su fuerza en el corazón de Jesucristo.  Por más fuerte que podamos ser, hay momentos en nuestras vidas en que nos encontramos débiles y vulnerables.  La muerte de un ser querido, un fracaso matrimonial o romántico, la pérdida de un trabajo, etc., estremece al más fuerte.  Hay veces en la vida en que nos sentimos que nos vamos a derrumbar, que ya no damos para más.   Pues son en esos precisos momentos en que tenemos que volver nuestro corazón a Jesucristo.  En lo personal, cuando este servidor está pasando por un momento de esos, le pido a Jesucristo que me meta en la herida de su Corazón, para así sumergirme en el gran misterio de su amor y que ese amor suyo me dé el control, la fortaleza, el consuelo y la paz, independientemente de la situación que yo esté pasando.       

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