Ya hemos iniciado la semana pasada ese llamado a preparar el corazón para renovar nuestro compromiso con el gran proyecto de Dios: su Reino, al cual somos convocados todos los que reafirmamos en nuestro corazón al Dios encarnado Jesús.

Pero se requiere un actitud que hoy la palabra de Dios llama conversión, transformación, ser de otra manera, preparación para acoger al Señor, en fin maneras para indicarnos que debemos alcanzar una actitud que debe nacer en cada corazón. Hoy nos tenemos que hacer de manera más contundente esa pregunta: ¿Cuántas cosas tengo que auscultar en mi vida para darles un vuelco y hacer que nada me impida ser un mejor cristiano? A eso somos llamados en este tiempo.

La Primera Lectura nos hace remontar al tiempo de David, el hijo de Jesé, en él se encuentra la figura emblemática que todo Israel recuerda por ser los momentos más gloriosos del pueblo. Y esto lo hace para animar el momento histórico que vive esta nación. Son momentos difíciles y el profeta quiere recordarle al pueblo que como en tiempos de David, este Dios no abandonará a su pueblo: Este siempre va a estar. Es por ello que describe un reino con un orden nuevo donde no habrá violencia, donde pastarán los animales sin que se ataquen unos a otros. A eso somos llamados todos para lograr que nos amemos y no nos provoquemos heridas los unos a los otros. Será la gran batalla que hemos de lograr en estos tiempos para reafirmarnos como un verdadero pueblo de Dios.

El Salmo 71, “Que en sus días florezca la justicia y la paz abunde eternamente”, es como un eco de lo que el profeta de la primera lectura ha proclamado. Es una súplica esperanzadora donde se reafirma que será Dios que brindará a su pueblo el gran don de la justicia, una justicia que debe florecer y provocar paz en todos los rincones de la tierra. Y lo concreta en la figura de los pobres, los preferidos de Dios: “Librará al pobre que clamaba, al afligido que no tenía protector; Él se apiadará del pobre y del indigente, y salvará la vida de los pobres”.

La Segunda Lectura es toda una convocatoria del Apóstol Pablo para que exista en esta comunidad un espíritu de paciencia y sana convivencia. Las tensiones en la comunidad siempre van a existir pero eso no implica que le demos riendas sueltas a ellas: “Que Dios, fuente de toda paciencia y consuelo, os conceda estar de acuerdo entre vosotros, según Jesucristo”. Anima, pues el apóstol a que en esa buena convivencia sean capaces de provocar buen testimonio entre los gentiles “para que alaben a Dios por su misericordia”.

El Evangelio de hoy nos presenta la figura emblemática de Juan el Bautista que con su fuerza y decisión convoca a su pueblo: “Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos”. Su presencia, su forma de vestir, la fuerza de su voz y sus palabras fueron un signo para que el llamado a la transformación se diese entre los suyos. Sus palabras fueron decididamente contundentes: “¡Camada de víboras!, ¿quién os ha enseñado a escapar del castigo inminente?”. Así se dirigió a las élites de pueblo, los saduceos y fariseos, quienes se creían dueños y señores de la verdad. Se creían que ya estaba garantizada la salvación por ser descendientes de Abrahán: “…pues os digo que Dios es capaz de sacar hijos de Abrahán de estas piedras”.

Con la fuerza de estas palabras caminamos esta segunda semana de Adviento. La voz contundente de Juan debe servirnos para entrar en este proceso. Cuán difícil nos resulta cuando el llamado de nuestro tiempo, aunque difícil económicamente, es a comprar para vernos mejor, para comer lo que se espera en este tiempo, para pintar o adornar. Mucha competencia, ¿verdad? Pero los creyentes tenemos que superar con la fuerza de la palabra y la presencia de Dios estos obstáculos y así poder disponernos adecuadamente para que renazca Jesús, el gran regalo de la Navidad.

 

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