En momentos de confusión, división y desesperanza es de esperarse que muchos veamos comprensible abandonar el barco. Cargar con la cruz de nuestras malas decisiones como pueblo no es tarea fácil. Así le pasó a Jesús hoy en la lectura de la Transfiguración. Tenía que anunciarles a sus discípulos la pasión que iba a sucederle en Jerusalén y de seguro la conmoción fue tan fuerte que a no pocos de ellos les temblaron las piernas o por lo menos la valentía de seguirle. Jesús en medio del estupor del momento los exhorta a que ya no se puede mirar atrás. ¡Quien quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, cargue con su cruz y me siga! ¡Puerto Rico renuncia a las falsas seguridades, carga con tu cruz y sígueme! Seis días después, Jesús decide, a un grupo selecto, darles una visión anticipada de la gloria del hijo del hombre. En este momento tan crítico donde entregar nuestro destino, como país, a terceras manos para que resuelvan, pareciera la mejor opción, es momento de subir al Tabor y dejar que el mismo Jesús nos anticipe la gloria boricua que nos espera si perseveramos juntos, cargamos con nuestra cruz colonial, redimimos todos nuestros pecados sociales y construimos pacientemente la resurrección de un pueblo unido, justo y feliz. Así como la voz descendió del Cielo en el Tabor, ha descendido sobre Puerto Rico y está nuevamente dándonos la oportunidad de reconocer nuestros errores, asumir las consecuencias y enmendar. Anunciarle a nuestra gente nuestra dignidad de hijos e hijas será determinante para escuchar la voz del Padre, quien guiará todo nuestro ser puertorriqueños. Así como Jesús escucha con mansedumbre y obediencia al Padre, nuestra isla necesita de cristianos que asumamos el liderazgo y encaminemos proyectos de país que poco a poco transfiguren nuestra forma de pensarnos hermanos, de ser isleños y del potencial grande que tenemos de ser el Puerto Rico que queramos ser. ¡Ese es el gran imperativo cristiano! El camino de ascenso a la gloria pasa por la cruz y la nuestra nos ha llegado. ¿Nos cruzaremos de brazos a llorar? ¿Rehuiremos de nuestra cruz porque es muy pesada? Hoy, Jesús nos invita a una vida cristiana verdaderamente transfigurada, esto es, una vida que se vive en plenitud desde la conciencia de ser hijos de Dios en un pueblo que necesita de nosotros.

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