En nuestro diario vivir, y a veces hasta inconscientemente, vamos asumiendo posturas excluyentes, dejando fuera a personas que tienen capacidades para asumir la responsabilidad que atribuyo a mi familia, grupo o comunidad. En múltiples ocasiones vamos respondiendo a diversos proyectos en los cuales vamos añadiendo a ellos a personas que comparten conmigo el ser de la misma comunidad parroquial, del mismo grupo apostólico, de la misma comunidad en la que reside. Y en muchas ocasiones descartamos a quien, sin ser de ese, mi grupo, quiere aportar o añadirse a trabajar.

Hoy Moisés y Jesús se topan con estas actitudes, y ambos asumen responsablemente el acoger a quien quiera colaborar porque Dios llama a quien quiere y cuando quiere.

La Primera Lectura narra como el Señor ofrece del “Espíritu” que dio a Moisés a otros 72, de manera que colaboraran en el manejo de aquel pueblo que, dicho sea de paso, no era fácil de manejar. Dos de ellos no estaban físicamente pero les fue conferido el Espíritu de igual modo: «Eldad y Medad están profetizando en el campamento». No respondieron al llamado y físicamente no se encontraban pero aun así el Señor les dio su espíritu. Hubo protestas pero la respuesta de Moisés es contundente: “¡Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el espíritu del Señor!”.

El llamado es para todos, no es excluyente y la súplica de Moisés así lo reitera.

El Salmo 18 es una reafirmación en el corazón del creyente de la ley dada a ellos por el Señor. Para los creyentes la ley no es considerada una carga sino que en ella se reafirma la misericordia y el amor de Dios que se acerca a ellos y los conduce, los ama, los protege. La exclamación del salmista así nos lo afirma: “La voluntad del Señor es pura y eternamente estable; los mandamientos del Señor son verdaderos y enteramente justos”. Es por ello que seguirlos producirá beneficio al creyente y así lo afirma el corazón del salmista.

La Segunda Lectura de la carta de Santiago es un llamado contundente y duro hacia aquellos que han amontonado su riqueza a costa de la injusticia cometida contra sus obreros. Ganar sin medida, acumulo de dinero que sufrirá, nos dice la lectura, que su oro y plata se oxide, y ese proceso que implica el acumular por mucho tiempo, será la evidencia de lo que han ido haciendo: una acumulación desmedida, no necesitada, y eso será la evidencia contra ellos.  “Condenasteis y matasteis al justo; él no os resiste”; esta es la sentencia final.

El Evangelio nos muestra una faceta de Jesús, que al igual que la que vimos en la primera lectura, en la que recuerda a sus discípulos que el evangelio no es excluyente sino inclusivo: todos son convocados a vivirlo y a ser acogidos, porque el amor de Dios es para todos. El anuncio de que había uno echando demonios en su nombre pero no era de los nuestros invita a los discípulos a querer rechazar la acción. ¡Cuánto se parece a nuestros tiempos donde consideramos nuestro grupo como poseedor de “la verdad” y cerramos las puertas del corazón a quien no es de él! Hoy el maestro recuerda que quien usa su nombre para anunciar la buena noticia no puede excluirlo de su estilo de vida. Se implica con aquel a quien anuncia.

Invita Jesús a los suyos a reconocer que toda acción -por sencilla que esta sea, como el dar un vaso de agua-, se convierte en donación que repercutirá en la vida del que realiza la acción, vuelvo y repito, por sencilla que esta sea. No podemos jamás pensar que tenemos la exclusividad de la salvación: esta es para todos. Y eso implica que nadie puede poner trabas al amor que Dios despliega para todos. En cualquiera de ellos, no importa su condición, se manifiesta la respuesta generosa que indica que también ahí Jesús está habitando.

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