Termino con este último artículo los dedicados a la presentación en forma sencilla de los siete Sacramentos de la Santa Iglesia instituidos por el Señor Jesús.

Unción de los enfermos

La Iglesia, que nos dio la vida sobrenatural con el bautismo apenas nacer, nos ayuda a bien morir con la administración de la Unción de los enfermos: la santa Unción.
Este sacramento tiene dos funciones principales: fortalecer el cuerpo para, restablecida la salud, ganar la gran y última batalla con el Diablo; y perdonarnos los pecados veniales y mortales que pudiéramos tener en el momento de la muerte, si no nos fue posible confesarnos.

Dios es el que nos sana, tanto de las enfermedades del cuerpo, como de las del alma. Ya en el Antiguo Testamento, Dios les dijo a los judíos: “Yo, el Señor, soy el que te sana” (Éxodo 15, 16). Y en el Nuevo, los evangelistas nos presentan muchas y maravillosas curas hechas por el buen Jesús.

“Jesús dijo a sus a sus discípulos: ‘Sanad a los enfermos’” (Mateo 10, 8). La Iglesia ha recibido esta tarea e intenta realizarla tanto mediante los cuidados que proporciona a los enfermos, como por la intercesión de la oración que los acompaña” (Catecismo 1509).

Ya la Iglesia apostólica tuvo un rito propio para esta su función sanadora, que el apóstol Santiago menciona en su Carta: “¿Está enfermo alguno de vosotros? Pues que llame a los presbíteros de la Iglesia para que oren sobre el enfermo, y le unjan con el óleo en el nombre del Señor. Y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor hará que se levante; y si hubiera cometido pecados, les serán perdonados” (Santiago 5, 14-15). “La tradición ha reconocido en este rito uno de los siete sacramentos de la Iglesia” (Catecismo 1510).

El tiempo apropiado para recibir este sacramento es cuando el fiel empieza a estar en peligro de muerte o vejez (Vaticano II, Sacrosantum Concilium 73).

Es un importante deber de las personas que cuidan a los enfermos animarles a que llamen al sacerdote para que le administre este sacramento. Llamarlo cuando la persona está ya sin sentido o muerta, es una falta grave, a mi parecer.

Pueden administrar el sacramento de la santa Unción solamente los obispos y sacerdotes, y es muy conveniente que se celebre dentro de la Eucaristía a fin de que el enfermo pueda recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo como viático, es decir, como refuerzo para bien morir.

Debemos dar grandes gracias al buen Jesús por haber instituido este gran y reconfortante sacramento. La muerte es siempre terrible, incluso teniendo gran confianza en la bondad de Jesús, justo juez de vivos y muertos. La recepción del sacramento de la santa Unción tranquilizará nuestra alma y aumentará nuestra esperanza en una feliz vida en la eternidad.

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