Ya finalizando este tiempo ordinario para dar comienzo al Tiempo de la Cuaresma, la Palabra, siempre bondadosa en sus mensajes, nos lleva al camino del llamado. En la vida de todo creyente este aspecto siempre está presente porque todos, en algún momento de nuestra vida, hemos tenido la vivencia de una situación muy particular en la que hemos experimentado la cercanía del amor de Dios y su convocatoria a dar más, a lanzarnos a vivir con mayor radicalidad su proyecto. Lo más probable es que esos “llamados” no tienen los signos grandiosos relatados hoy, pero son igualmente significativos pues ellos nos reafirmaron en la respuesta que dimos al Señor para seguirle.

Hoy Isaías, Pablo y Pedro serán los personajes que nos ofrecerán el testimonio de su respuesta a Dios, en el que constataremos un elemento común: todos reconocieron su indignidad pero todos recibieron el amor misericordioso de Dios que perdonó y convocó para una misión.
La Primera Lectura nos describe una experiencia hermosa de fe. Una visión llena de los elementos propios de la concepción que se tenía de Dios: trono, serafines, fuego; y ante esto el miedo de ver a Dios cuando quien siente ese temor sigue siendo un pobre pecador. Hay que recordar que en el Antiguo Testamento el ver a Dios cara a cara conllevaba la muerte porque la grandeza de

Dios no se podía ver de frente. Pero la grandeza de Dios se manifestó para derramar el perdón y propiciar así que nada impidiera la respuesta que el Señor esperaba: aquel fuego pasó por sus labios y dejó Isaías de ser un “hombre de labios impuros”. Y es así como encuentra Dios la respuesta del profeta: «Aquí estoy, mándame».
El Salmo 137 se convierte en la respuesta de gratitud del pueblo al ser liberado de la opresión de Babilonia. Su voz se torna en una que alaba al Señor porque ha cumplido sus promesas, las que a la vez servirán para que todos reconozcan el poder y señoría de Yahvé, el Dios de Israel. Afirma además con fuerza que el Señor está por encima de cualquier deidad; esto no significa que reconozca la presencia de estos dioses, sino que quiere recordar que nada está por encima de la presencia del Dios de Israel. Sintiéndose seguro del auxilio divino, el salmista pide a Yahvé que siga acompañando y favoreciendo al pueblo de Israel.

La Segunda Lectura ofrece un testimonio contundente de Pablo acerca del fundamento que este tiene para responder a Dios: la misma está fundamentada en la resurrección del Señor. En una corta lectura repasa la manifestación del Señor resucitado en la vida de aquellos que ahora son testigos. Y esa manifestación es la que guía la vida de todos los que le anuncian. Por ello insiste que su misión tiene sentido porque está fundamentada en la vida, por eso recuerda: “que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día”.

El Evangelio nos conduce a meditar uno de esos relatos evangélicos realmente hermosos que nos permite reflexionar en nuestro propio llamado como hijos e hijas de Dios. En el inicio de la misma observamos a Jesús ejerciendo su misión de anunciar la buena noticia de Dios. Pero esta noticia hoy iba a tener grandes repercusiones o, debiera decir, respuestas.
“Rema mar adentro”, frase utilizada por San Juan Pablo II en la Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte para convocar al pueblo de Dios a lanzarnos sin miedo a “mares más profundos”; a comprometernos más radicalmente: esto es lo que le pide Jesús a Pedro. Una petición un tanto ilógica puesto que estuvieron toda la noche, la hora más propicia para pescar, ejerciendo su profesión. Pero puso Pedro su confianza en Jesús y, al igual que Isaías, se postró y pidió que se alejara de él, un pecador. Aunque la fuerza misericordiosa de Dios es abarcadora y lo convocó a ser pescador de hombres. Le llamó a confiar en Él, a lanzar las redes fuera de su lógica, a no tener miedo a las “profundidades” del camino de Dios.

Remar mar adentro es el llamado; se nos dio por Jesús mismo. Sin miedo avancemos, crezcamos en conocimiento de su amor y en confianza, lancémonos a anunciar su buena noticia.

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