Seguimos nuestro camino con Jesús según Mateo. La semana pasada entramos en el tercer sermón del Señor en este evangelio, el sermón de las parábolas del reino. Hoy podríamos decir que para poder entender este sermón, y todo lo que Jesús nos enseña en cada parábola, viene bien tener la sabiduría del Espíritu, que nos proponen las lecturas precedentes al evangelio (Sab 12,13.16-19 y Rom 8,26-27). Hoy la Palabra manifiesta, en particular, la misericordia que Dios muestra hacia todos, incluso para los que pretenden malear el desarrollo de su reino mientras crece (Mt 13,24-43).

Como hemos visto desde el domingo pasado, estas parábolas tienen un fuerte sabor agrícola, tal vez difícil de entender en todas sus dimensiones para quienes nos criamos en el cemento, pero su sencillez permite captar su mensaje y va muy bien con la necesidad, cada vez mayor, de recuperar la armonía con la naturaleza.

Reflexionemos

No podemos entender el reino de Dios sin conocer su gran bondad y misericordia. La primera lectura nos da testimonio de ello: “…tu soberanía universal te hace perdonar a todos…nos gobiernas con gran indulgencia…en el pecado, das lugar al arrepentimiento.” Y la liturgia de la Iglesia, hace oración esa convicción en la oración colecta del XXVI Domingo durante el año: “Dios nuestro, que manifiestas tu poder sobre todo en la misericordia y el perdón…”. En fin, ese reino del cual Jesús nos habla en estas parábolas es parte del plan de amor y misericordia del Padre. Ese reino que es, como nos dice el prefacio de la solemnidad de Cristo Rey, un reino de verdad y vida, de santidad y gracia, de justicia, amor y paz, sufre ataques constantemente, basta con abrir un poquito los ojos cada día, y no sólo al mundo, sino “ad intra”, en la Iglesia. Esas amenazas, son las que Jesús nos plantea en la parábola del trigo y la cizaña.

Sin embargo, el Señor, interesantemente, no resuelve esto arrancando y botando la yerba mala a lo loco, sino dejando que coexista con el buen trigo. Es misteriosa la manera de actuar de Dios. Obviamente esa cizaña no es buena, pero a veces arrancarla a lo loco se traería consigo también el trigo. Por lo que al fin resulta mejor dejar que el bueno y el malo coexistan, en la esperanza de que el bien no sea totalmente desarraigado, más aún se fortalezca en su coexistencia con el mal. Aquí lo importante es que no lleguemos a pensar que la cizaña es trigo y que el trigo es cizaña, para que a la hora de la cosecha sean separados. También hay que hacer cierta distinción entre el bien y el bueno, el mal y el malo.

Esto supone, además, tener la esperanza de que la pequeña semilla crecerá por una fuerza interior que Dios le da, como la mostaza o la levadura. Vale confiar, entonces en lo que nos dice Pablo: “El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad…”, no sólo para saber orar, como dice el pasaje de hoy, sino para muchas cosas más, entre ellas, la construcción del reino de Dios, que sin duda no puede crecer sin la oración.

A modo de conclusión 

Dios nos quiere trigo, pero también espera que los cizañeros se conviertan y den buen fruto. Vivimos abacorados por el mal: corrupción, difamación, etc. Nos gustaría arrancar todo ese mal, pero dentro de nosotros también hay cizaña; ¿la arrancamos? Esa sí hay que arrancarla ahora.

La misericordia y la esperanza están detrás de todo, como vimos al principio.

¿Prefiero arrancar al malo, aunque se lleve al bueno? ¿Prefiero ser el bueno, y allá que se condenen los malos? ¿Me animo a ser trigo entre cizaña, para robustecer el bien en mí y tratar de trasmitir algo de ese bien al cizañero que me acompaña, dentro y fuera de mí?

 

Mons. Leonardo J. Rodríguez Jimenes

Para El Visitante

 

 

LEAVE A REPLY

Please enter your comment!
Please enter your name here