Hace unos años, escribí un artículo en esta columna con el llamativo título: “Donde no hay amor [de Dios], bueno es el temor”. Hoy, aleccionado por los años, pienso que ambos conceptos-realidades no solo no son contrarios, sino que siempre deben andar juntos en el alma del justo.

Debemos amar a Dios sobre todas las cosas “con toda nuestra alma, con todo nuestro corazón y con todas nuestras fuerzas” (Marcos 10, 3), por ser Él nuestro creador, nuestro Dios y señor absoluto; por habernos dado tantas gracias, a las que no teníamos derecho; y, sobre todo, porque en la plenitud de los tiempos nos envió a su único HIJO, Jesucristo, quien, con su muerte en la cruz, nos redimió de nuestros pecados, y nos facilitó la salvación.

Y debemos temer al Dios de cielo y tierra no tanto por los castigos que merecen nuestras infidelidades, cuanto por haberse dignado ser nuestro Padre, a quien jamás deberíamos ofender en nada.

El temor de Dios

El temor de Dios nace espontáneamente en el alma del justo al contemplar la majestad, poder total y absoluto de Dios y su derecho a ser adorado y respetado por todos. Es el llamado “temor filial”. Cuando este amor puro va acompañado de la certeza de que podemos ser castigados por nuestros pecados e infidelidades, entonces hablamos de “temor servil”, propio de los que no aman sino que “temen” a sus señores y solo por eso le sirven.

En el evangelio, Jesús nos aconseja no tener miedo a los hombres, que solo pueden matar el cuerpo, sino “al que puede enviar cuerpo y alma al infierno” (Mateo 10, 38).

Efectos del santo temor de Dios

El temor de Dios que nace a la vez del amor que le debemos, y de la posibilidad de ser castigados si le ofendemos, deja siempre en el alma una gran paz y calma sobrenaturales, pues sabemos que Dios nos ama más allá de lo que podemos imaginar; amor que experimentamos en cada momento y que, sobre todo, se manifestará en el cielo, donde le veremos cara a cara (1 Corintios 13, 12).

Cómo podemos conseguir un verdadero temor de Dios

La soberbia, nunca totalmente controlada, el deseo de placeres carnales, que siempre nos acompaña, y las mil tentaciones con que Satanás asedia continuamente nuestra alma (1 Pedro 2, 9), hacen difícil conseguir plenamente el santo temor de Dios. Difícil, pero no imposible, pues, gracias a Dios, tenemos a nuestro alcance un buen arma: la oración humilde, frecuente y confiada. La petición del Padrenuestro: “no nos dejes caer en la tentación”, hecha con gran devoción, frecuentemente y con total confianza de que Dios nos escucha y nos ayudará a alcanzar su santo temor.

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