Una vez más llegamos al final del año litúrgico y, como cada año, reafirmamos el reinado que Jesús vino a enseñarnos: uno diferente a lo que el mundo nos presenta.
Reflexionando la palabra de esta semana recordé una canción que entonaba en mis tiempos de Seminario:”Tu reino es vida, tu reino es verdad. Tu reino es justicia, tu reino es paz. Tu reino es gracia, tu reino es amor: venga a nosotros tu reino, Señor”. Esto es precisamente lo que Jesús nos trajo a todos.

Por eso mirar, desde el prisma de lo que conocemos en este mundo sobre el poder de reinar, nos aleja del querer de Dios, reflejado en la canción. Por tanto hemos de entender que ese reino transforma el poder de ordenar y lo convierte en el poder de servir; hace del poder de la fuerza uno de perdón y diálogo. Ese es el nuevo reino, por ello Jesús tiene que reinar para que la fuerza del servicio, de la entrega y del amor se hagan presentes en todo momento: ese es el Reino querido por Dios.

La Primera Lectura nos presenta con fuerza y grandiosidad a “una especie de hombre”. Esta figura la asumirá Jesús posteriormente llamándose Hijo de hombre. Con dicho título alejará el pensamiento del falso mesianismo, esperado en su tiempo, y reafirmará su ser divino. Ese poder que describe nuestra lectura será como un “anticipo” de lo que veremos manifestado en la vida y entrega de Jesús.

El Salmo responsorial, el 92, exalta el reino de Dios, como fuente de paz, de verdad y de amor,  al igual que hacemos cuando rezamos el Padre Nuestro y decimos: «Venga tu reino». El salmista celebra la realeza actuante de Dios, es decir, una acción que es eficaz y salvífica, creadora del mundo y redentora del hombre. El Señor no es un emperador que observa, relegado en su cielo lejano, sino que está presente en medio de su pueblo como Salvador poderoso y grande en el amor.

La Segunda Lectura alaba la fuerza y presencia de Jesús: Él es fiel, nos dice el Apocalipsis. En Él reside el poder para sanarnos por medio de su sangre. Su gloria se manifestará y todos aquellos que lo lastimaron lo verán glorificado. Él es principio y fin, así nos lo recuerda al usar la primera y última letra del abecedario griego. Jesús inicia y lleva a plenitud su reino.

El Evangelio de hoy nos lleva a contemplar aquel momento crucial en la vida de Jesús. Esta escena la hemos escuchado y contemplado en muchas representaciones. Es el momento determinante en el juicio de Jesús: un diálogo que determinará la sentencia del maestro. Pilatos pregunta: “¿Tú eres Rey?”. Y la respuesta es contundente: “Tú lo dices: soy rey”. Y a continuación le recuerda a Pilatos qué es realmente su reino, qué implicaciones tiene su reinado: “Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz”.

La verdad es lo que Jesús busca para los suyos; para eso ha venido. Y esto lo hará mediante el testimonio, que significa manifestar con la vida aquello que se proclama. Él no es un mero espectador, un mero proclamador de justicia y de un nuevo orden. No es solo hablar de pobreza y vivir como faraones, nos dijo el Papa Francisco en un reciente llamado a vivir aquello que anunciamos los presbíteros.

La gran realeza de Jesús consiste en haber vivido aquello que anunció. Que cuando habló de perdón lo expresó con todo su corazón. Que cuando nos hablaba de justicia la asumió como parte de su vida.

Al celebrar a Jesucristo Rey, se nos invita, al finalizar el año litúrgico, a contemplar en Él lo que ha de ser nuestra respuesta de cada día. El reino de Jesús tiene que ser palpado por esta generación que quiere descubrir un proyecto donde la verdad sea vivida, donde la justicia sea administrada, donde el amor se manifieste en la acción de cada día.

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