Ya he tocado el tema de la soberbia más de una vez; pero el tema es tan importante para nuestra vida espiritual, que será bueno que volvamos sobre él de cuando en cuando.

La soberbia, vicio capital

Mi amigo el Diccionario de la Lengua española de la Real Academia ofrece cinco acepciones de la palabra “soberbia”. Todas son aceptables, pero falta la básica en el leguaje cristiano: “atribuirse a sí mismo lo que es obra de Dios”; o, de otro modo, robar a Dios lo que le pertenece. Pretender robar a Dios; ¡qué pecado tan feo!

Los teólogos nos dicen que la soberbia es uno de los “vicios capitales”; es decir, una de las siete principales inclinaciones desordenadas que nos incitan a cometer pecados. Las otras seis son: avaricia, lujuria, ira, gula, envidia y pereza. Todas son detestables; pero ninguna tan odiosa y maléfica como la soberbia, que es capaz de enturbiar las mejores acciones.

Estos siete vicios o inclinaciones capitales, nacidos de la corrupción de nuestra alma, fruto del pecado original, pueden y deberían ser orientadas hacia su lado positivo: la soberbia, por el justo aprecio de sí mismo; la avaricia, por el buen uso de los bienes temporales; la lujuria, por orientación, en primer lugar, hacia la procreación; la ira, por la valentía en defender la justicia; la gula, en el aprecio de la comida que Dios nos ha dado; la envidia, por la santa emulación en todo lo bueno; y la pereza, por el necesario descanso provisto por Dios mismo. (Ver J. Esquerda Bifet, Diccionario de la evangelización, p. 754).

Cómo combatir la soberbia

Medio supremo: buscar la verdad siempre y en todo. Porque verdad es que todo lo que tenemos, hacemos y somos lo debemos, en última instancia, a Dios. Verdad que algo ponemos de nuestra parte; pero aún para eso necesitamos de la gracia de Dios. Llegaremos a este convencimiento de que en todo dependemos de Dios, mediante el reconocimiento de lo poco que valemos y somos.

Un segundo instrumento que nos permite alcanzar la verdadera humildad es la oración constante y fervorosa. Nada agradará tanto a Dios como el reconocer humildemente que todo se lo debemos a Él.

Y aún tenemos otro medio: pensar en el ridículo que hacemos al comportarnos con altanería en el andar y hablar, por aquello de que el necio se da a conocer por sus palabras

Bienes que nos alcanza la humildad

Contra la soberbia, tenemos a nuestro alcance la humildad, que nos hace aceptables pues “Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes” (Santiago 4, 6). San Mateo pone en boca de Jesús “que el humilde será exaltado, mientras que el soberbio será humillado” (23, 12). Y si queremos disfrutar de verdadera paz, el mismo buen Jesús nos invita a “ser mansos y humildes de corazón como Él” (Mateo 11, 19).

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