El Santo Rosario es una de las devociones marianas más extendidas en el mundo y una oración por excelencia. Mediante esta oración se meditan los misterios de gozo, de dolor, de luz y de gloria de Jesús y María. Surge aproximadamente para el año 800 y su evolución pasó del rezo de 150 salmos al rezo de 150 Avemarías con un Padre Nuestro al inicio de cada salterio. La palabra Rosario significa “corona de rosas”.

El Papa Pío V que en su Bula de 1569 explica que su rezo consiste en repetir el saludo que el Ángel Gabriel le dio a la Virgen María, interponiendo un Padrenuestro entre cada diez Avemarías. Mientras esto sucede se debe meditar el misterio que se recitó, cada uno de ellos es un acontecimiento en la vida de Jesucristo o María. San Juan Pablo II, en la Carta Apostólica Rosarium Virginis Mariae, explica que “con él, el pueblo cristiano aprende de María a contemplar la belleza del rostro de Cristo y a experimentar la profundidad de su amor”.

“El Rosario es mi oración preferida. Oración maravillosa en su sencillez y en su profundidad. En esta oración repetimos muchas veces las palabras que la Virgen María escuchó de boca del ángel y de su prima Isabel. A estas palabras se asocia toda la Iglesia”, sostuvo el Santo y Pontífice.

Anteriormente el Santo Rosario constaba de 15 Padrenuestros y 150 Avemarías, pero en la actualidad se recitan 20 Padrenuestros y 200 Avemarías. Esto luego de que San Juan Pablo II en el año 2002, mediante la mencionada Carta Apostólica, incluyera cinco nuevos misterios luminosos sobre la vida pública de Jesús.

Rezar el Rosario es muy sencillo. Se sostiene el Crucifijo, se hace la señal de la Cruz y se recita la oración del Credo. Se anuncia el misterio correspondiente al día y se medita, luego se reza un Padrenuestro en la cuenta grande, 10 Avemarías siguiendo las cuentas (una década) del Rosario y se reza un Gloria para finalizar. Así hasta que se culminen los cinco misterios para terminar con la Salve Reina o las letanías a la Virgen.

El Rosario es una joya espiritual que en las manos y los corazones de los fieles produce una hermosa comunión con Cristo y María que se traduce en frutos de amor.

(Fuentes: Varias)

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