Comparte esta hermosa reflexión tomada de la escuela de oración de los Padres Carmelitas.

El salmista, quizás desterrado de Jerusalén, les brota a borbotones en la madrugada una confesión liberadora: “Oh Dios, tú eres mi Dios”; su situación ha cambiado, ahora está lejos del templo, pero el corazón, enamorado, sigue cantando sus canciones. Así comienza este salmo de poesía mística, en el que un orante da rienda suelta a sus sentimientos más hondos y logra comunicarlos con gran belleza. El orante se presenta a Dios con la urgencia de quien no puede vivir sin Él: “Me presenté a ti para que me vieras, y por esto me viste para que te viera” (San Agustín).

Si orar es aprender a decir “tú”, quien aquí habla es un orante, ya que se dirige a Dios con un tuteo amoroso que llena el salmo, como si el amor rompiera toda distancia y pidiera la unión entre los amantes. La experiencia de Dios de la que rebosa el salmista es una invitación y un desafío a saborear a Dios, que no es una idea abstracta, sino Alguien que busca con pasión el encuentro con los que ama.

El orante no habla con Dios en abstracto, de lejos o de oídas, sino poniendo toda su corporeidad en la relación. Para buscar a Dios madruga, tiene sed y desfallece si no encuentra el agua fresca; se sacia, está a la sombra de Dios; en el lecho se acuerda, contempla; sus labios alaban, levanta las manos; se sabe pegado a Dios, siente el contacto de la mano de Dios sosteniéndolo; ve, gusta, toca, canta con júbilo. Lejos de un espiritualismo desencarnado, es toda la persona la que está implicada en la relación amorosa con Dios.

Destacan en el salmo las sugerentes, las imágenes que utiliza para expresar la sed. Parece que se siente la sed. El orante está como la tierra, agrietada y agotada por la sed, que pide a gritos el agua de la vida. No puede dormir con esa sed que le mata y se despierta con el alma reseca (nefesh, en hebreo, significa alma y garganta) buscando con pasión al Dios que antes lo ha buscado a él, al “manantial de aguas frescas” (Jr 2,13), el único que puede saciar su sed. Otro místico, san Juan de la Cruz, expresará así esta extraña sed: “Descubre tu presencia, y máteme tu vista y hermosura, mira que la dolencia de amor, que no se cura sino con la presencia y la figura”.

La añoranza de la contemplación de la fuerza y de la gloria de Dios ha excavado en el orante una extraña sed. Su corazón es una pequeña manifestación donde reverberan la luz y el calor de Dios. Y así ve también toda la realidad, como una huella de hermosura que Dios ha dejado a su paso.

Este salmo es una radiografía en la que queda al descubierto lo que es el ser humano, esa criatura tan singular, que lleva dibujada en lo más profundo de sus aguas la imagen de Dios, que “está hecho para Dios y solo descansa cuando lo encuentra” (San Agustín).

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