En el corazón del Evangelio de hoy resuena una palabra que atraviesa los tiempos y llega directamente a nuestra realidad: “No tengan miedo.” Jesús repite esta expresión tres veces. Y no es casualidad. Porque sabe que el miedo paraliza, apaga el corazón, debilita la fe y nos encierra en nosotros mismos. Jesús dice: “Nada hay oculto que no llegue a descubrirse.”
Vivimos en un mundo donde muchas veces se teme a la verdad: miedo a mostrarnos como somos, miedo a dar testimonio de la fe, miedo a ser distintos. Pero el discípulo no vive escondido. El discípulo vive en la luz. Un corazón apagado se esconde. Un corazón encendido vive con transparencia.
Tengamos presente que la verdad no se defiende con miedo… se anuncia con libertad. Por eso Jesús nos dice hoy “No teman a los que matan el cuerpo…” No está negando el sufrimiento. Está poniendo las cosas en su lugar.
El mayor peligro no es perder algo externo… es perder el alma, perder el sentido, perder a Dios. Luego nos regala una de las imágenes más tiernas del Evangelio: “Ni un gorrión cae al suelo sin que lo sepa el Padre… ustedes valen más que muchos gorriones.” Dios cuida. Dios conoce. Dios acompaña. Quien vive en manos de Dios… no vive dominado por el miedo.
Jesús concluye con una llamada clara: “A quien me confiese delante de los hombres, yo también lo confesaré delante de mi Padre.” La fe no es privada. La fe se testimonia. Hoy más que nunca, el mundo necesita discípulos que no escondan su fe, sino que la vivan con coherencia, sencillez y valentía. No se trata de imponer… se trata de transparentar a Cristo.
Hoy Jesús nos dice a cada uno: No tengas miedo de ser quién eres en Dios. No tengas miedo de vivir tu fe. No tengas miedo de dar testimonio de Jesús. ¡Animo el guía tus pasos!
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