Sobre este salmo dice san Juan Pablo II: “Es un canto elevado al Señor, al que se invoca y describe como «rey» (cf. Sal 144,1), una representación divina que aparece con frecuencia en otros salmos (cf. Sal 46; 92; 95; y 98). Más aún, el centro espiritual de nuestro canto está constituido precisamente por una celebración intensa y apasionada de la realeza divina. En ella se repite cuatro veces -como para indicar los cuatro puntos cardinales del ser y de la historia- la palabra hebrea malkut, «reino» (cf. Sal 144,11-13). 

Sabemos que este simbolismo regio, que será central también en la predicación de Cristo, es la expresión del proyecto salvífico de Dios, el cual no es indiferente ante la historia humana; al contrario, con respecto a ella tiene el deseo de realizar con nosotros y por nosotros un proyecto de armonía y paz. Para llevar a cabo este plan se convoca también a la humanidad entera, a fin de que cumpla la voluntad salvífica divina, una voluntad que se extiende a «todos los hombres», a «todas las generaciones» y a «todos los siglos». Una acción universal, que arranca el mal del mundo y establece en él la «gloria» del Señor, es decir, su presencia personal eficaz y trascendente.

Hacia este corazón del Salmo, situado precisamente en el centro de la composición, se dirige la alabanza orante del salmista, que se hace portavoz de todos los fieles y quisiera ser hoy el portavoz de todos nosotros. En efecto, la oración bíblica más elevada es la celebración de las obras de salvación que revelan el amor del Señor con respecto a sus criaturas. En este salmo se sigue exaltando «el nombre» divino, es decir, su persona (cf. vv. 1-2), que se manifiesta en su actuación histórica: en concreto se habla de «obras», «hazañas», «maravillas», «fuerza», «grandeza», «justicia», «paciencia», «misericordia», «gracia», «bondad» y «ternura». 

Que en este domingo este salmo nos sirva de alabanza, al Dios Rey, que conduce nuestra Historia.

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