Hemos llegado a la gran celebración para la cual los cristianos nos fuimos preparando. Ahora vamos a celebrar; vamos a reencontrarnos con aquellos acontecimientos conocidos por todos a través de la Sagrada Escritura, pero que, llevados de la mano de la liturgia, vamos a celebrarlos para que estos nos sirvan en el proceso de reafirmación de nuestra fe: la muerte y resurrección del Señor. Por ello tenemos que disponer todo nuestro ser, tanto los elementos que nos rodean, el entorno en que vivimos, como el corazón desde donde vamos a procurar sintonizar con los signos de estos días.

Las lecturas de hoy tiene un Evangelio que nos sirve de preámbulo para la Eucaristía: la entrada de Jesús a Jerusalén. Con alegría vivimos las más importantes de las procesiones de la Iglesia; procesión que nos dispone a encontrarnos con una palabra que nos adentra en el misterio del dolor que va a provocar la miseria humana al esperado de los tiempos.

La Primera Lectura nos conduce a contemplar una figura enigmática propuesta por el profeta Isaías: el siervo de Yahvé. Un personaje que nos describe el dolor desde la experiencia dramática y la confianza en Dios desde esta misma experiencia. Sus palabras alentadoras nos recuerdan la figura del Siervo Jesús, que procuró asumir el dolor sabiendo que no se encontraba solo, siempre supo que su Padre estaba con Él.

El Salmo responsorial supera a todos los salmos de su género por la intensidad de la súplica y por la manera que describe los sufrimientos que aquejan al salmista. En él se ha expresado el desamparo de un hombre justo que ha tocado el límite del sufrimiento físico y moral a tal grado que expresa con gran sentimiento el sentirse abandonado por Dios (v. 2). Sin embargo, incluso en medio de los mayores sufrimientos, el salmista suplica con una gran confianza en Dios y está seguro de la liberación final. Por eso, su oración concluye con un canto de alabanza y de acción de gracias, en el que todos los fieles son invitados a celebrar al Señor, que no niega su ayuda a los pobres.

La Segunda Lectura es conocida como el himno kenótico, que viene del término griego kénosis que significa anonadamiento, abajamiento: es un reconocimiento de la entrega de Jesús. En este hermoso himno, San Pablo reafirma ese darse generoso de Jesús que siendo de condición divina no se resistió al sufrimiento. En este proceso de entrega se muestra cómo el sufrimiento es aceptado por el maestro porque el mismo es un vehículo para alcanzar la redención del género humano. Por eso, en el inicio de la lectura, se nos invitaba a imitar a Jesús con lo cual hemos de hacer que el sufrimiento, asumido como un instrumento de crecimiento, nos acerque más al Señor.

El Evangelio de hoy nos conduce hacia el centro de nuestra mirada en este tiempo santo que hoy inauguramos. Por eso en este domingo, llamado de Ramos, porque hemos de entrar con alegría recordando la entrada de Jesús, la liturgia nos lleva a enfrentarnos con el proceso de Jesús, o sea, el proceso de su pasión y muerte. Esa es la realidad a la que este tiempo maravilloso nos conduce. Mirar a Jesús, su camino, su entrega, su paciencia, su generosidad, su dolor, y su muerte transformadora.

Hoy nos toca a todos lo que asumimos esta realidad procurar transmitirla con fuerza y sobre todo con una gran carga de esperanza. Las nuevas generaciones no han conocido experiencias de preparación intensas como solían hacerse hace unos años atrás. El entorno se ha diluido y la sociedad vive “casi” al margen de todo lo que implica vivir estos días con profundidad y compromiso. Es por eso que resulta una gran responsabilidad el poner mayor empeño para procurar en nuestros hogares y centros de trabajo y estudio reafirmar con fuerza la vivencia de estos días. ¡Adelante!, que tengamos una buena semana, una llena de santidad.

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