No nos habíamos “hablado” desde el año pasado así que Feliz Año Nuevo para todos ustedes, queridos amigos del Visitante. Que la misericordia de Dios les acompañe y les fortalezca durante todos los días del 2016.

Es este camino navideño la propuesta de la Iglesia es volver a mirar lo que nos ofreció la palabra el día de Navidad: “el verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”. De modo especial se nos convoca a no pasar muy rápido por encima de esas palabras que contienen todo un llamado de entrega, presencia, respuesta, para todo el género humano. Es nuestra costumbre, o por lo menos de la mayoría, celebrar estos días con mucha euforia pero pocos se detienen a repasar lo que es el verdadero mensaje que se nos propone celebrar: Dios con nosotros, pero con la única razón de que nosotros estemos con Dios. La liturgia de hoy nos propone esta reflexión.

La Primera Lectura es una hermosa alabanza a la Sabiduría a la que se le ofrece un gran reconocimiento en medio de la comunidad: “En medio de su pueblo será ensalzada, y admirada en la congregación plena de los santos; recibirá alabanzas de la muchedumbre”. El mandato de Dios es claro: estar en medio del pueblo, echar raíces para que este pueblo sea conducido en justicia y verdad.

En este Salmo Responsorial se convoca a la comunidad a alabar al Señor; siendo Jerusalén, la personificación del pueblo, por tanto llamada a reconocer la fuerza de Dios en medio de su historia. Es una proclamación alegre del amor del Señor sobre este pueblo en particular, pues le ha amado grandemente: le ha protegido ofreciéndole paz; le ha alimentado dándole flor de harina y le ha brindado una ley para que les dirija.

La Segunda Lectura recoge toda una alabanza y exhortación que dirige a los cristianos de Éfeso y a los cuales les dice que miren el rostro de Dios a través de Jesús. En Él van a encontrar la verdadera sabiduría; les recuerda que han de dejarse guiar por el amor que se nos da porque somos hijos suyos. Y esa identidad nos lleva a conducirnos como santos e irreprochables. San Pablo les insiste que están presente en su oración para que se derrame sobe ellos la sabiduría que nace del espíritu de Dios.

El Evangelio, como les señalé al inicio del escrito, nos vuelve a tomar de la mano para que recorramos el mensaje central y exclusivo de la Navidad: Dios hizo su casa en medio de nosotros. Se le ocurrió al Señor venir a nuestro “vecindario” y allí construir su vivienda. De esta manera su presencia entre nosotros no será uno de lejanía sino que estará tan cerca que solo habrá que susurrarle para que este esté siempre dispuesto a ayudarnos. Esto nos conviene asumirlo sobre todo cuando a veces, equivocadamente, vemos la presencia de Dios lejana: ¡si solo supiésemos que está tan cerca!

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