Domingo VI del Tiempo durante el año, Ciclo B 

Contexto 

El domingo pasado (V) la Palabra de Dios ya nos hablaba del sufrimiento, del cual Jesús se ocupaba consolando y sanando, manifestando así el poder de su palabra como lo veíamos en el domingo IV del Tiempo durante el año (TDA) enseñando con poder y liberando un poseso.

Hoy la lectura del Levítico (13, 1s. 45s) presenta las normas que debían seguirse en Israel con los leprosos, lo cual reflejaba una comprensión de la enfermedad como algo vinculado al pecado, haciendo que algunos enfermos fueran también impuros legalmente.

En la segunda lectura (1Corintios 10, 31-11, 1), Pablo nos enseña que en todo lo que hagamos debemos buscar la gloria de Dios y el bien de los demás, dando buen ejemplo a todos, como lo hace él imitando a Cristo.

En Marcos 1, 40-45 veremos una vez más que Jesús no es indiferente ante el dolor del prójimo, aunque sea un proscrito o impuro, como el caso de los leprosos.

Reflexionemos

Sin duda la lepra era y sigue siendo aún una terrible enfermedad, a pesar de que ya se puede tratar médicamente. Sus efectos y su contagio la hacían especialmente peligrosa y repugnante. Si en la mentalidad judía del tiempo, se identificaban algunas enfermedades y otras desventuras con el pecado, la lepra venía a ser el reflejo de la terrible condición del alma del leproso. Por tanto, este era además de un enfermo peligroso y repugnante, un terrible pecador y un ciudadano proscrito.

El leproso de la perícopa de hoy, violando la Ley, se acerca a Jesús, a quien reconoce como Dios, pues se arrodilla ante Él y le suplica su purificación. Podríamos decir que es un acto de fe y desesperación al mismo tiempo.

Jesús se conmueve. La palabra griega que usa Marcos significa la conmoción de las entrañas, sede de la piedad y el amor. O sea que Jesús no tiene una simple pena, sino una compasión desde lo más profundo del ser. Esa misericordia entrañable hace que Jesús extienda su mano y lo toque, cosa que tampoco debía haber hecho, según la Ley. Junto con el gesto viene la palabra: “Quiero, queda limpio” e inmediatamente queda limpio el leproso. La palabra con que Marcos indica limpieza, implica tanto la pureza del cuerpo como del alma y la legal.

Jesús con el poder de su palabra y un sencillo gesto hace que ese hombre recupere la limpieza en su cuerpo, su alma y sea reinsertado en la sociedad, por el gesto que deberá cumplir ante el sacerdote según lo mandado por la Ley de Moisés. ¡Qué poderosa es la misericordia del Señor!

Estas acciones de Jesús manifiestan su divinidad, pues, como en el Génesis, Dios lo dice y se hace. Además son una consecuencia de su Encarnación: el Hijo de Dios, hecho carne, se conmueve con su corazón divino y humano, toca, habla y así causa efectos visibles e invisibles. Estas acciones son un fundamento de los sacramentos, pues estos son obra de Jesús, que por medio de signos sensibles causa efectos visibles e invisibles (gracia) en quienes los reciben con fe.

 En conclusión

Siguiendo el ejemplo de Jesús, como nos pide Pablo, los cristianos hemos superado desde el principio actitudes legalistas que amenazan con obstaculizar la misericordia.

A lo largo de la historia, hasta hoy, la Iglesia ha fundado y dirigido asilos, sanatorios, etc. para atender las más variadas condiciones del dolor humano, como lo han sido los leprosorios, albergues para enfermos de SIDA, manicomios, etc. Las manos de Jesús han seguido tocando, a través de nosotros, todos los tipos de sufrimiento humano, tanto físicos, como síquicos y espirituales. Comportándonos así, siguiendo el ejemplo de Cristo y el mandamiento del amor, podremos realizar lo que pedimos al Señor en la oración colecta de este domingo: “Dios nuestro… concédenos la gracia de vivir de tal manera que encuentres en nosotros una morada digna de tu agrado…”. Amén.

(Mons. Leonardo J. Rodríguez Jimenes)

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