Resulta que la descomposición de la luz blanca en el espectro visible es la que permite maravillarnos con el arco -o en ocasiones con los arcos- de luz multicolor. No puedo dejar de señalar que me resulta maravilloso que en este inicio de Cuaresma se tenga esta referencia atmosférica -no me refiero al diluvio- y es que no se podía quedar fuera el “arco iris”. Hemos celebrado el nacimiento de nuestro Señor y le hemos visto, en palabras de san Lucas, como el sol que nace de lo alto (cf. Lc 1, 78). En la Epifanía resultaba que una estrella tenía un papel casi co-protagónico. La Pascua que celebraremos dentro de 40 días espera la luna nueva para envolvernos en la exuberancia policromática de la primavera.

Y, ¿cómo concordar esta referencia tan colorida con el austero color morado que vestirá estos 40 días nuestras celebraciones? En la oración colecta específica para este primer domingo de este nuevo tiempo litúrgico se encuentra la respuesta cuando pedimos que las prácticas anuales propias de la Cuaresma nos ayuden, primeramente, a progresar en el conocimiento de Cristo y, seguidamente, a llevar una vida más cristiana.

Conocimiento de Cristo que cumple el designio del Padre que pacta no devastar nuevamente la tierra (como señala la primera lectura); conocimiento de Cristo que enseña el camino de conversión a los pecadores y que hace caminar a los humildes con rectitud (como nos dice el salmista); conocimiento de Cristo anunciado y prefigurado en la Antigua Alianza; conocimiento del Cristo que murió por los pecados una vez para siempre y para conducirnos a Dios fue devuelto a la vida (como señala la epístola apostólica); conocimiento de Cristo que llama a la conversión y a creer en la buena nueva de salvación (como nos señala el evangelista).

Una vida más cristiana, por su parte, supondrá un camino contra la corrupción y el pecado, como el de Noé, para culminar anunciando y confiando que Dios no quiere castigo sino pactos de conversión y perdón sellados con destellos multicolores. Una vida más cristiana supondrá recordar con el salmista, por estos días cuaresmales y siempre, que la ternura y la misericordia del Señor son eternas. Una vida más cristiana supondrá colocar mi mirada de modo inamovible en la inocencia de aquel que se entregó por mis culpas. Una vida más cristiana implicará -en palabra del Papa Francisco- misericordiar, orar, ayunar y rechazar las tentaciones del maligno como el mismo Cristo quien nos enseñó a superar los ataques del mal (como indica el Prefacio propio de esta celebración). Una vida más cristiana supondrá celebrar que se nos ha permitido la entrada en el arca de la Iglesia. Una vida más cristiana supondrá conmemorar que, habiendo atravesado las aguas bautismales para la salvación he de vivir coherente a la luz -y digo yo, luz blanca- que me ha iluminado. Una vida más cristiana también podrá, acaso, significar “descomposición”; como el grano de trigo en la enseñanza evangélica, que se descompone para la vida (cf Jn 12, 24).

Sí… que sea yo quien iluminado no por estrellas judaicas, ni lunas musulmanas, sino por el Sol: Cristo el Señor, pueda convertirme en prisma que descomponga esa su luz e irradie el más maravilloso espectro de colores. Para ello conversión personal y creencia irrefutable son una buena resolución de inicio de esta Cuaresma. Así no habrá diluvio que devaste mi vida y no habrá tentación que Cristo no venza.

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