Poner en la gracia del Señor toda nuestra esperanza es la insondable exhortación que hace la oración colecta de esta semana. Sugiere un proyecto cuya ejecutoria fácilmente puede llevar la vida entera y hasta el empleo de las preciadas horas de sueño.

Las conocidas fatigas de Job engloban el contexto de la primera lectura de este quinto domingo (Job 7, 1-4. 6-7). Muy difícil (no digo que sea imposible) encontrar una imperturbable figura como la de él en nuestro tiempo. Así, aunque las imágenes poéticas del esclavo, del jornalero o la de la lanzadera en sus existenciales reflexiones podrían asumir actualmente significados muy diversos, las vueltas en la cama, los ojos que no se cierran y las noches interminables significan lo mismo tanto para su época como para la actual.

El pasado semestre académico tuve la oportunidad de presenciar en mi salón de clases el asignado análisis gramatical y estructural del hermoso salmo de hoy en su versión latina (Sal 146). Por supuesto que no quise provocar en mi alumno ningún tipo de desvelo; bien sabemos que los trabajos universitarios tienden a provocar trasnoches en quien responsablemente quiere hacer bien las cosas. El autor sagrado habla del Señor que tiene como término de sus acciones el congregar a los dispersos, dispersos congregabit, el sanar a los tristes en el corazón y el vendar sus heridas sanat contritos corde et alligat plagas eorum. Un Señor que no duerme -como Job, o como mi estudiante, digo yo- puesto enumera la multitud de las estrellas y llama por su nombre a todas ellas numerat multitudinem stellarum et omnibus eis nomina vocat.

Por su parte el apóstol Pablo (1 Cor 9, 16-19. 22-23) habla de la contrariedad asumida en su vida “de libertad” que termina siendo “de esclavitud” y es que le resulta obligatorio predicar la buena nueva. La evangelización pocas veces es cómoda o confortable. El apóstol no debe buscar su propio bienestar, sino que ha de estar dispuesto a todo -incluso no dormir bien- por ganar a algunos para el reino. No hay tiempo para soñar… se trabaja, se percibe salario, se evangeliza.

Hablando de evangelización se puede entender toda la ocupada agenda del Maestro (Mc 1, 29-39). Pero una agenda que se describe con la palabra compasión. Sana incontable cantidad de enfermos (nos lo ha dicho el salmo), es cercano a todos, accesible a todos, buscador de todos; y, por si fuera poco, señala el evangelista que se levanta de madrugada -acaso sin poder dormir- y se pone a orar. El depósito de su confianza puesta en las manos del Padre se ha convertido en el origen de su ternura para con todos.

El hombre de nuestro tiempo, como Job, se aflige profundamente por muchas razones: los trabajos que subyugan, los salarios que no alcanzan, las ocupadísimas agendas, las inagotables llamadas, las distancias por recorrer. Se aflige el trabajador por su ocupación y el jefe por su insuficiente presupuesto; se angustian el padre y la madre por las decisiones de sus hijos, se estresan los alumnos -como los de mis grupos- por sus estudios y hasta nos agobiamos los curas cuando, entre otras cosas, el tiempo no nos da para orar en paz. Hay tantas otras causas de inconformidad e insomnio que, como las estrellas del salmo, resultan innumerables. No las puedo especificar porque serán tantas como historias personales pueda haber. Ahora, lo que sí puedo es plantear convencido que nuestras desmedidas preocupaciones, nuestras largas inquietudes y hasta el indeseado insomnio podrían estar reclamando que nuestra confianza sea puesta genuinamente solo en la gracia del Señor. Toma tiempo, requiere esfuerzo, es un proyecto de vida.

(P. Ovidio Pérez Pérez)

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