Acercándonos ya a las grandes fiestas de la Ascensión del Señor y la Solemnidad de Pentecostés, Jesús nos propone hoy, como les propuso a sus apóstoles antes de la Pasión, que nos lanzáramos a vivir en la paz; pero no una paz como la define el mundo, ausencia de guerras, sino una que emana del mismísimo corazón de Jesús.

Esta paz tiene que a su vez provocar en nuestras vidas un deseo de acogerla y “trabajarla” como un proyecto de fraternidad. Porque la misión del cristiano es anunciar y lograr que cada hombre y mujer conozcan el Evangelio de Jesús, que es su gran propuesta de paz.

La Primera Lectura nos revela lo que implica vivir la fraternidad desde el marco que Jesús la propone en el Evangelio. Hay resistencia del grupo de judeocristianos ante la llegada de nuevos cristianos pero ajenos al judaísmo. El querer imponer las prácticas del pueblo de Israel lleva una defensa férrea de Bernabé y Pablo que no aceptan esta imposición. Es la Iglesia la que va a resolver y proponer el camino hacia una convivencia sana; hacia una paz que se dirija a la fraternidad. La decisión: “Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponeros más cargas que las indispensables: que os abstengáis de carne sacrificada a los ídolos, de sangre, de animales estrangulados y de la fornicación. Haréis bien en apartaros de todo esto. Salud”. Se inicia un nuevo camino que lleva hacia el querer de Jesús.
Salmo Responsorial, el salmo 66, nos presenta una proyección universalista del amor de Dios. Todos los pueblos unirán su voz para alabar y, por tanto, reconocer el amor de Yahvé sobre todos los pueblos. La responsabilidad de dar a conocer esto radica en el pueblo de Israel. Esta función implicará que las naciones del mundo reconozcan que Él es Señor y Dios “porque riges el mundo con justicia, riges los pueblos con rectitud y gobiernas las naciones de la tierra”.

La Segunda Lectura va describiendo una ciudad nueva, una Jerusalén glorificada, un lugar de santidad, de vida, de plenitud: todo está contenido en este lugar. Todos los elementos dirigen nuestra atención hacia esa dirección; el brillo del Jaspe, piedra preciosa, una gran muralla que nos habla de que nada puede contra ella, las entradas vigiladas por ángeles que nos habla de lo divino. Los nombres de las tribus de Israel, la salvación nace allí, y esta muralla estaba construida sobre doce basamentos (elemento arquitectónico consistente en una plataforma que sostiene un edificio, en parte como elemento de soporte y, en parte, como elemento arquitectónico visible sobre el que apoya la estructura) con los nombres de los apóstoles. En la ciudad, nos informa, no hay templo, este había sido destruido por los romanos hacía dos décadas y media, pero no hace falta: la presencia de Dios cubre todo. Una gran manifestación de la grandeza de Dios que todo lo trasciende.

El Evangelio de hoy nos conduce a profundizar en la respuesta que hemos de dar a la Palabra ofrecida por Jesús. Él nos invita a “guardar su palabra”. En este momento tendríamos que preguntarnos: ¿Qué implica guardar? Por ejemplo cuando guardo algo significa que eso que guardo es importante y quiero conservarlo y que de ningún modo pueda perderlo. Por ello esa Palabra que debemos guardar es aquello que el Padre nos ha brindado a través de Jesús y que va a consolidarse con la fuerza del Espíritu Santo: eso nos recuerda Jesús. Esperar la presencia del Espíritu y procurar no llenarse de miedo ante la ausencia que van a vivir cuando Jesús se marche, será el proceso a seguir. Continuar creyendo es el mandato que hoy nos propone Jesús. Mantenernos firmes en la fe que implica ir creciendo en esa cercanía de Dios que nos va a ofrecer por medio de la presencia del Espíritu Santo.

Esa fuerza de Dios, acogida y vivida en el corazón de cada quien es la que nos llevará a asumir la gran convocatoria de Dios a vivir en su paz. Esa paz que juntos construiremos en la medida que procuremos asumir proyectos donde nos respetemos como gente con madurez. La fraternidad, que es el efecto de vivir en paz, tiene que ser la opción a la que tendamos constantemente.

Nuestra patria podrá encontrar salidas a las dificultades que tenemos en estos momentos en la medida que el respeto, la escucha, el deseo de lograr soluciones, pero juntos, se realice. La respuesta al país nacerá de esa solidaridad con todos, no importa del partido que sea. Hagamos todos los esfuerzos; lo necesitamos urgentemente, y así estaremos respondiendo al verdadero querer de Jesús sobre la paz y la fraternidad.

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