Estamos llegando al final de nuestro tiempo pascual y hoy se nos propone la mirada a la Ascensión del Señor. Jesús se marcha, y con su dejar de estar se reafirma en que su presencia siempre va a mantenerse con nosotros pero de otra manera. Al escribirles recordaba una experiencia que viví en Xalapa, México en un Taller de Pastoral. Allí, en uno de los momentos, se nos pidió que escribiésemos el mensaje que deseábamos estuviera en la lápida de nuestra sepultura. Nunca olvidaré lo que escribí: “Aquí yace el que vive: pero de otra manera”. Pues hoy Jesús sigue entre nosotros pero de otra manera.

Su presencia histórica termina; pero promete a los suyos – y de esa promesa todos gozamos – que continuará a través de la presencia viva del Espíritu Santo: «Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo». Hoy celebramos este acontecimiento con alegría pues de Él seguimos recibiendo bendición.

La Primera Lectura nos lleva a contemplar el acontecimiento de la Ascensión, así inicia Lucas su historia de la Iglesia. Nos recuerda que tras la victoria de Jesús sobre la muerte, Él realiza en medio de sus discípulos varias cosas: 1. durante cuarenta días, les habló del reino de Dios; 2. les recomendó que no se alejaran de Jerusalén hasta ver cumplida la promesa del Padre; el bautismo con Espíritu Santo; 3. y esto para que para convertirse en testigos de Jesús hasta los confines del mundo; 4. se aleja finalmente partiendo al Padre; y 5. se les informa por dos hombres vestidos de blanco que Él volverá. Es el momento de ser testigos, pero tendrán que esperar la fuerza de lo alto.

Este Salmo Responsorial, el 46, himno al Señor, rey del mundo y de toda la humanidad, nos abre a un clima de celebración litúrgica. Es por eso que podemos decir que nos encontramos en el corazón espiritual de la alabanza de Israel, que se eleva al lugar en donde Dios mora y a donde debe aspirar el pueblo. Se convoca a que los «Pueblos todos batid palmas, aclamad a Dios con gritos de júbilo» (v. 2). El centro de este aplauso jubiloso es la figura grandiosa del Señor. Una homilía anónima del siglo VIII, citada por San Juan Pablo II en su reflexión sobre este salmo, comenta así este misterio: «Hasta la venida del Mesías, esperanza de las naciones, los pueblos gentiles no adoraron a Dios y no conocieron quién era. Y hasta que el Mesías los rescató, Dios no reinó en las naciones por medio de su obediencia y de su culto. En cambio, ahora Dios, con su Palabra y su Espíritu, reina sobre ellas, porque las ha salvado del engaño y se ha ganado su amistad» (Palestino anónimo, Homilía árabe cristiana del siglo VIII, Roma 1994, p. 100).

La Segunda Lectura nos lleva de la mano de San Pablo quien convoca la bendición de Dios Padre sobre la comunidad: «…el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo. Ilumine los ojos de vuestro corazón, para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos…». Esta esperanza no defrauda ya que está fundamentada en la fuerza de Jesucristo resucitado que está sobre todo principado y potestad: sobre todo cuanto existe. Y es esta fuerza y sabiduría que mana de Él, la que colma el corazón de todo creyente. Y va a ser instrumentalizada en la Iglesia, el pueblo de Dios por el que entregó su vida.

El Evangelio de hoy, que marca el fin de este evangelio y lo conecta con los Hechos, recoge el acontecimiento de nuestra celebración. Jesús les hace un resumen claro de lo que ha sido su presencia en medio de ellos. Pero su última recomendación es no marcharse de Jerusalén hasta no ser revestidos de la fuerza del Espíritu Santo. Solo así podrán convertirse en testigos; solo así podrán cumplir fielmente la encomienda de anunciar el Evangelio a toda creatura.
Queda claro en esta liturgia que la fuerza que dirige la misión de los cristianos nace de Dios; no es solamente por nuestros talentos, sino que es Él quien dirige, sostiene y fortalece nuestro camino. Su bendición es luz que va a deslumbrar el corazón de todos aquellos a quienes vayamos y les mostremos el gran proyecto de su amor. ¡Feliz Fiesta de la Ascensión!
No puedo dejar a un lado que hoy Puerto Rico celebra y reconoce la labor de nuestras madres: ¡Felicidades! y que el Señor derrame abundantes bendiciones sobre todas.■

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