Corría hacia el verano el año de 1964, cuando en la tarde de un domingo de mayo subí por la escalera de la torre de campanas de la Iglesia de Santo Domingo -hoy San José- para ver el panorama del mar y la ciudad desde su punto más alto. El campo de Puerta de Tierra -todo el edificado- se divisaba con claridad y verdeaban las riberas de la laguna del Condado. El caño de San Antonio, poblado de arboladuras de yates y balandras, espejeaba a distancia y las calles de la ciudad se precipitaban hacia el seno de la bahía igual que yo. Los perfiles del Yunque y la cordillera azuleaban sobre anchos campos verdes y al norte, el mar se estrellaba como siempre contra los cantiles de la ribera de San Juan.

Regresé en 1970 para comprobar la hipótesis de que el exvoto del asedio inglés a Puerto Rico en 1797 había sido abocetado desde aquella eminencia por Campeche. El paisaje urbano había cambiado de manera notable. Los hoteles y condominios del área del Condado actuaban ya de pantalla entre el espectador y la naturaleza. Volví a subir el domingo, 24 de abril de 1988. Los pasillos que hace 18 años permitían la visión de la laguna, han quedado cegados casi por completo hasta hacer impracticable la pretensión de identificar visualmente el escenario pintado por Campeche.

La historia urbana de Puerto Rico nos da una lección: entre José Campeche (1751-1809) y el presente media la muerte de dos ciudades. La que empezó en el ocaso de sus días al introducirse el estilo neoclásico en el San Juan mudéjar y barroco y la que desarticuló las estructuras que sobrevivieron al siglo 19 a partir de los años 40 de este siglo. Abriremos paso a la reconstrucción del mundo del que José Campeche fue un testigo de excepción.

José Campeche y Jordán, nacido en San Juan de Puerto Rico el 23 de diciembre de 1751 y bautizado en la Catedral el día de Reyes del año siguiente, es la primera figura de la historia local en la que verán sus contemporáneos el modelo de una identidad puertorriqueña. Por algo escribe Alejandro Tapia y Rivera sus únicas dos biografías, acerca de dos personajes simbólicos: Power y Giralt, diputado de Puerto Rico en las Cortes de Cádiz (1810-13) y José Campeche. Aún más que el célebre marino, hijo de padres peninsulares, maestro pintor, hijo de un liberto y de una sencilla mujer blanca de Canarias, comprometido con el suelo que le vio nacer al punto de que se dice que en contadas ocasiones salió de la ciudad, significó en la opinión del siglo 19 el fruto logrado de tres siglos de elaboración de una conciencia de identidad nacional.

El patrón cultural en cuyo medio nace Campeche, hunde sus raíces en la segunda mitad del siglo 17. Por vía paterna, durante tres generaciones las hembras de quienes desciende directamente el pintor puertorriqueño estuvieron sujetas a esclavitud por el término de sus vidas o parte de ellas. Al punto de que en una cuarta generación Tomás Campeche, padre de José, nace bajo la misma condición aun cuando en fecha desconocida hasta ahora y anterior a la de su matrimonio (1734) era ya liberto del canónigo don Juan de Rivafrecha. El género de esclavitud que conocieron fue al parecer el doméstico por tratarse de personas cuyas noticias documentales indican claramente que vivieron y murieron en la ciudad. Era esta generalmente la forma más benigna de servidumbre y la que daba acceso más rápido a la posibilidad de la liberación mediante los recursos de coartación o manumisión gratuita.

Por vía materna procede nuestro artista de una familia de Tenerife en las Islas Canarias, emparentado tal vez con artistas locales. ¿Conocía María Jordán, la madre, el arte de la pintura o alguna artesanía? No podemos asegurarlo pero queda la puerta abierta para comprobaciones posteriores. El matrimonio de hombres y mujeres procedentes del archipiélago canario con mestizos de africanos no era infrecuente en las Antillas españolas y en la vecina Capitanía General de Venezuela. Así lo indicará a fines del siglo 18 el viajero Depons1, que afirma que el origen llano de los canarios emigrados a América -junto a su trato familiar con africanos y con siervos africanos por su vecindad a las costas del continente negro- les predisponía para contraer estas uniones, libres de las preocupaciones que apartaban de ellas a los criollos.

Criado al amparo de la casa -al parecer opulenta- del canónigo don Juan de Rivafrecha, Tomás Campeche, ejercitado probablemente por afición en los oficios de adornista, dorado y pintor, con que desde Tapia se clasificaron los ejercicios de su profesión, pudo comprar su libertad en fecha relativamente temprana puesto que a los 27 años de su edad, cuando contrae matrimonio con María Jordán y Marques -1ro de septiembre de 1734- ya se encuentra coartado. ¿Acaso lo fue a la muerte del amo, el canónigo, acontecida según parece 2 años antes, en 17322? La emancipación total o parcial de siervos por vía de testamento según la antigua fórmula in bonum animae -para sufragio del alma del testador- era frecuente en el Puerto Rico del siglo 18, según afirma el Padre Abbad en su Historia3. Las palabras mismas del acta de matrimonio parecen indicar la gracia:

“…esclavo que fue dicho contrayente del Señor canónigo don Juan de Rivafrecha quien le dejó con el gravamen de mil reales…”4.

Prof. Arturo Dávila

(Primero de una serie)

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