Una mujer de fe, Maricarmen Martin, hace un hermoso comentario sobre el Evangelio de este domingo en la revista Dabar, que comparto con ustedes…

“Jesús de Nazaret: salió a los caminos para aliviar, acompañar… curar el dolor ajeno… ¿Cómo y por qué las primeras comunidades vieron precisamente en las curaciones de Jesús la llegada del Reino de Dios?

¿Por qué las otras curaciones, que las habría más ‘milagrosas’, no suscitaron en el ánimo de las comunidades la intuición de la venida del Reino?

¿Sería porque, además de ser curados, se percibía de algún modo la misericordia de un Dios cercano a la gente, interesado por las dolencias del pueblo humilde, solidario con las angustias que afectaban a los empobrecidos? Porque hablar de curaciones es, en definitiva, hablar de misericordia, de eso primario que es necesario para entender la vida y para entender a Dios.

La misericordia de Dios no es una bella teoría sugerida por las palabras de Jesús. Es una realidad fascinante. Junto a Jesús todos los ajenos se convierten en próximos. Los enfermos recuperan la salud, los poseídos por el demonio son rescatados, los excluidos son integrados en una sociedad nueva, más sana y fraternal… Jesús proclama el Reino de Dios poniendo salud y vida en las personas y en la sociedad entera.

Lo que Jesús busca, antes que nada, es que la gente disfrute de una vida saludable y más liberada del poder del mal. La mirada de Jesús se dirige prioritariamente hacia los que sufren la enfermedad o el desvalimiento y anhelan vivir bien. Incluso el evangelio de Juan entiende la actividad de Jesús como enteramente encaminada a potenciar la vida: ‘Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia’ (Jn 10, 10).

Ciertamente Jesús no es un médico de profesión, no examina a los enfermos para hacer un diagnóstico, no emplea técnicas médicas ni receta remedios… Su actuación es muy diferente. La terapia que Jesús pone en marcha es su propia persona, su amor apasionado a la vida, su acogida entrañable a cada enfermo o enferma, su fuerza para regenerar a la persona desde sus raíces, su capacidad de contagiar su fe en la bondad de Dios…”. ¿Te animas a colaborar con Él?

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