El Adviento es un tiempo de esperanza y de preparación para la felicidad que no termina. El ser humano no puede vivir sin esperanza. Le es tan esencial como el aire lo es para los pulmones. Desde sus comienzos la humanidad ha fundamentado su vida en ella  ya que sin esperanza  pierde todo sentido la vida. Es por eso, que de los muchos sufrimientos que  envuelven a las personas durante su existencia el más terrible es la desesperación porque esta los contiene y envuelve a todos.

Recordemos la historia; el Creador llamó a la vida a nuestros primeros padres Adán y Eva, para hacerles partícipes de la felicidad, y ellos, que habían sido llamados a la existencia se apartaron del gran proyecto del Creador. A partir de ese momento la desdicha, el dolor, el pecado y la muerte llegaron a sustituir el gozo y el sentido de la vida y es así como aparece en su horizonte la desesperación. No puede ser de otra manera, ya que quien se aparta de Dios que es luz, dicha, amor y vida, se zambulle en la tiniebla profunda del sin sentido de todo. De ahí nace la necesidad existencial de la esperanza. Por eso, Dios que en esencia es amor, no nos abandona sino que sale al encuentro de sus criaturas caídas para levantarlas. Él promete la salvación. Y esa promesa de Dios se ha cumplido y el Mesías esperado ha entrado en la historia. El Evangelista Juan lo formula así: “La Palabra se hizo carne y puso su Morada entre nosotros […]”.

Es por eso, que decimos que el Adviento es el tiempo propicio para dar nuestra respuesta cristiana a la llamada que el Señor desde nuestra limitación y desde el ambiente social, hostil, que nos envuelve nos hace una llamada que exige de nosotros una actitud valiente, que solo puede ser hija de una conversión sincera, de una fe profunda y sobre todo de una confianza en Jesús, nuestro único Salvador.

Finalmente con palabras del Papa Francisco pedimos al Señor que “el Adviento nos devuelve el horizonte de la esperanza, una esperanza que no decepciona porque está fundada en la Palabra de Dios. ¡Una esperanza que no decepciona sencillamente porque el Señor no decepciona jamás! Él es fiel, Él no decepciona. ¡Pensemos y sintamos esta belleza!”.

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