Un autor contemporáneo, el P. Nicolás Schwizer del Instituto de los Padres de Schoenstatt en una hermosa reflexión sobre el texto bíblico de este domingo nos dice: “En este Segundo Domingo de Cuaresma, la Iglesia quiere animarnos y fortalecernos con esta manifestación de la gloria de Jesús. Quiere prepararnos para los momentos de dolor, de pasión y muerte de Él.

Creo que también, en nuestra propia experiencia, las horas de Tabor están muy cerca de las horas de Calvario. La gloria y el sufrimiento son, por lo general, inseparables en nuestras vidas.
En el Tabor, Pedro, Santiago y Juan frente a la figura de Cristo llena de luz, se quedan deslumbrados y radiantes de gozo. En Getsemaní, ante la figura de Cristo empapada en sangre, en su oración angustiada, quedan trastornados por el miedo, por el escándalo y por el sueño. Y es el mismo Pedro el que en el Tabor exclama: ‘¡Qué bien estamos aquí! Hagamos tres chozas’. Y el que poco después protestara: ‘Te lo juro. No conozco a ese hombre’.

El rostro de Cristo transfigurado los entusiasma, los satisface, porque entra dentro de sus perspectivas, sus sueños y sus aspiraciones. Pero el rostro de Cristo humillado, sufriendo, coronado de espinas, les asusta, les llena de miedo, los escandaliza. No lo reconocen. No entra dentro de sus esperanzas.
Cuando uno se encuentra con Cristo y se decide a seguirlo se enfrenta con una aventura llena de riesgos, de imprevistos, de hechos desconcertantes. Jesús no nos garantiza una permanencia prolongada sobre el Tabor. Es verdad, Él puede llevarnos consigo mucho más alto todavía, puede regalarnos momentos de felicidad inmensa.

Pero también puede llamarnos a que vigilemos con Él en interminables noches de angustia, de dudas, de oscuridad. Cuando parece que todo se va a hundir, cuando parece que nuestro mundo se viene abajo. Nos sentimos invadidos por el desánimo, por un sentido de inutilidad de nuestra vida y de nuestra actividad.

Sin embargo, es este justamente el punto decisivo de nuestra vida cristiana. Se trata de que no desertemos. Se trata de que nos quedemos clavados junto a Cristo, aún cuando su rostro es poco atrayente, incluso cuando nos da la impresión de que Él no está allí.

Hemos de saber decir, tanto en el Tabor como en Getsemaní: ‘Sí, conozco a ese hombre’. Hemos de reconocer su presencia aun cuando sea una presencia incómoda, comprometedora, aún cuando no haga más que desmentir nuestras más legítimas esperanzas”. ¿Te animas?

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