Sin dar más importancia de la que tiene en sí, me complace manifestar que no han sido pocos los lectores de esta columna que me han manifestado su gratitud por poderla leer. Pues me alegro y doy gracias a Dios por haber podido hacer bien a algunas almas.

Pero también es verdad que el primer beneficiado de mis escritos soy yo mismo, ya que exigen tiempo y reflexión. Por ejemplo, el gran énfasis que puse en el reciente artículo “Nuestra comunicación con Dios” acerca de que debemos leer frecuentemente la Biblia, me afianzó en la necesidad de que es necesaria la lenta y frecuente lectura de la Sagrada Escritura en privado para conocer a Jesucristo y avanzar en la virtud, y me ha recordado que el primer obligado a cumplir con esa necesidad soy yo.

Esta lectura privada, lenta y meditativa de la Biblia, es necesaria para todos, ya que no es suficiente el escuchar las lecturas de la Misa y el canto o recitación del Oficio divino, por bien que se hagan. Es cierto que nosotros, los Benedictinos, aquí, en Manila, y como se hace en todos los monasterios, cantamos solemnemente la Misa, y que tenemos un largo Oficio divino lleno de lecturas bíblicas, para cuyo canto o recitación vamos cinco veces al día a la iglesia. Eso es mucho, pero no basta. Es en la lectura privada de la Biblia donde Dios se manifiesta más, al menos a mí, pues puedo interrumpirla cuando algún texto me llama especialmente la atención y meditar en Él. En esa dirección pongo este ejemplo. En los minutos que hoy, 18 de julio, he dedicado a esa privada lectura de la Biblia, me topé con un texto tan sencillo como demoledor de las teorías avanzadas por Stephen Hawking en el reciente Festival del Grupo Starmus, en Tenerife, de que en la existencia de este mundo en que vivimos -cielo, tierra y mar- no es necesario ver la mano sabia de un Dios sabio y creador, ya que los nuevos avances de la ciencia hacen, según él, innecesaria la existencia de un Dios creador.

El texto a que me refiero se encuentra en la Carta a los Hebreos Capítulo 3, 4, y dice así: “Porque toda casa tiene su constructor, mas el constructor del universo es Dios”. ¿Puede alguien que tenga ojos no creer en esta verdad? O, peor aún, ¿negarla?

En esa reunión, y respondiendo a unas preguntas de un corresponsal del diario español EL MUNDO, (Madrid 6/5/2015), el físico inglés (nacido en Oxford en 1942) manifestó sin abajes que “No hay ningún Dios, y que él era ateo”.

Nadie negará a Hawking una mente prodigiosa y una voluntad a toda prueba para superar sus graves deficiencias físicas. Precisamente por eso es difícil creer en su sinceridad al hacer tales atrevidas y gratuitas afirmaciones. Habrá que buscar el porqué de las mismas en alguna fuente fuera de su inteligencia.

Considerando que Hawking es un mujeriego empedernido, ya que se casó dos veces y otras dos se divorció (que, según él, “con su cuento Americano tiene más éxito con las mujeres”; “y que el pensar en ellas le lleva la mayor parte del tiempo”), ¿no será lícito concluir que el más feo de los vicios se ha apoderado últimamente de su corazón, y que para acallar su conciencia se niega ahora a creer en la existencia un Dios creador del universo, y premiador de buenos y castigador de malos? Así lo pienso yo, ya que en su anterior y célebre libro HISTORIA DEL TIEMPO se confesaba creyente.

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