Pensar, escribir y hablar de la misericordia es disfrutar de una doble alegría, pues existen tanto la misericordia divina como la humana. Explicaré un poco ambas.

Misericordia divina

La misericordia divina es el atributo del Dios uno y trino por el que Él se compadece de no solo de las miserias de la humanidad en general, sino de todas las miserias espirituales y materiales que afligen a cada uno de sus hijos, en particular. Y como Dios lo hace todo a lo grande, a todos y cada uno nos tiene en mente y, muy deseoso de hacernos el máximo bien, espera que acudamos a Él con la máxima confianza para que Él pueda ejercer su misericordia. El autor del Salmo 3, 5 exclama alborozado: “La misericordia del Señor llena la tierra.”
En su admirable Encíclica Dives in misericordia (Rico en misericordia), San Juan Pablo II reafirmó que la misericordia de Dios es en sí misma infinita; como infinito e inagotable es el deseo del Padre celestial de acoger a todos sus hijos pródigos que han decidido reintegrarse a la casa paterna (Lucas 15, 12ss). Son infinitas la prontitud y la fuerza del perdón, fruto del valor del sacrificio de Cristo (no. 13). Qué consuelo leer a continuación que “no hay pecado humano tan grande que supere esta fuerza, ni menos que la limite.”

Nuestra cooperación, necesaria

Ahora bien, para que Dios pueda ejercer su misericordia con nosotros tenemos que abrirnos sin reservas a su amor, y “darle permiso” para que Él pueda actuar en nosotros. El inmenso y universal deseo de Dios de ejercer su total y universal misericordia a veces se enfrenta a la obstinación humana en no recibirlo. ¡Tremendo poder tiene el hombre libre que puede enfrentarse a Dios y decirle NO! Poder es una de las puertas abiertas del infierno.

Misericordia humana

Fue Cicerón quien escribió que el hombre es un lobo para todo hombre (homo homini, lupus). Pues acertó en su definición, si nos fijamos en la historia universal que puede escribirse describiendo las guerras que han asolado a la humanidad. Guerras y persecuciones injustificadas, y muertes fratricidas sin cuento, ayer como hoy.
¡Qué triste serían nuestras vidas si, junto a esas barbaridades, no viéramos también tanta bondad en tantas almas que nos rodean! Que el lector cite una miseria humana, y yo le citaré una organización de la Iglesia Católica -LA DE CRISTO- creada para remediarla. ¡Hasta hay -¿quién lo creería?- varias congregaciones de monjas que atienden de modo especial a las meretrices que deciden dejar su mala vida. Y hay otra congregación, de origen español, las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, que acogen a los que no tienen quien les atienda. Entre estos dos extremos, existen cientos de órdenes y congregaciones de hombres y mujeres que, en lo humano y en lo divino de nuestras vidas, practican la misericordia.

Misericordia efectiva

Es siempre agradable a cualquier oído escuchar palabras dulces y bonitas, pero eso no es suficiente cuando la necesidad es urgente y grave. La sed no se apaga enseñando el vaso vacío; ni el estómago deja de quejarse cuando solo los ojos ven el pan. En esos casos, las palabras bonitas y “consoladoras” suenan a sarcasmo, si las pronuncia quien puede remediar la necesidad.
Si queremos que Dios tenga misericordia de nosotros, nosotros hemos de tenerla con nuestros semejantes necesitados. No hay otra fórmula para salvarse (ver Mateo 25).

LEAVE A REPLY

Please enter your comment!
Please enter your name here