Cántico de Daniel

El cántico que se nos propone en la liturgia de hoy como respuesta a la Palabra de Dios, es la introducción al cántico que entonaron los tres jóvenes judíos arrojados a un horno ardiente por haberse negado a adorar la estatua del rey babilonio Nabucodonosor.

En el horno, los tres jóvenes, milagrosamente preservados de las llamas, cantaron un himno de bendición dirigido a Dios. Este himno se asemeja a una letanía, repetitiva y a la vez nueva: sus invocaciones suben a Dios como nube de incienso, que ascienden en formas semejantes, pero nunca iguales. La oración no teme la repetición, como el enamorado no duda en declarar infinitas veces a la amada todo su afecto. Insistir en lo mismo es signo de intensidad y de múltiples matices en los sentimientos, en los impulsos interiores y en los afectos.

Otro elemento que consideramos dentro del pasaje propuesto ahora a nuestra meditación está constituido por la antífona. Se podría imaginar que el solista, en el templo abarrotado del pueblo, entonaba la bendición: «Bendito eres, Señor», enumerando las diversas maravillas divinas, mientras la asamblea de los fieles repetía constantemente la fórmula: «A ti gloria y alabanza por los siglos». Es lo que acontecía con el salmo 135, generalmente llamado «Gran Hallel», es decir, la gran alabanza, en la que el pueblo repetía: «Es eterna su misericordia», mientras un solista enumeraba los diversos actos de salvación realizados por el Señor en favor de su pueblo.

Objeto de la alabanza, en nuestro cántico hoy, es ante todo el nombre «santo y glorioso» de Dios, cuya proclamación resuena en el templo, también él «santo y glorioso». Los sacerdotes y el pueblo, mientras contemplan en la fe a Dios que se sienta «en el trono de su reino», sienten sobre sí la mirada que «sondea los abismos» y esta conciencia hace que brote de su corazón la alabanza. «Bendito…, bendito…». Dios, «sentado sobre querubines», tiene como morada «la bóveda del Cielo», pero está cerca de su pueblo, que por eso se siente protegido y seguro.

Mi invitación en esta fiesta de la Trinidad es que ante el misterio de Dios uno y trino, cuyo nombre y presencia provocaron en Moisés una actitud de reverencia, también nosotros prorrumpamos en un himno que manifieste nuestro deseo más profundo de dar a Dios, la gloria y alabanza por los siglos, porque su nombre es santo y excelso su trono.

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