Domingo IV de Cuaresma, Ciclo B

Contexto 

Llegamos a la mitad de la Cuaresma, al domingo llamado Laetare porque la antífona de entrada (introito, en latín), o sea el versículo tomado de la Sagrada Escritura que sirve como cántico de entrada según lo dispuesto por el misal hace siglos, y que comienza con esa palabra en latín, dice Is 66, 10: “Alégrate, Jerusalén, y regocíjense por ella todos los que la aman, llénense de alegría por ella todos los que por ella hacían duelo”.

En este día vemos con alegría que se acerca la Pascua. Por eso tenemos esa antífona que invita a la alegría, la posibilidad de usar el color rosado, un poco de flores y música instrumental, que se supone no se usen durante la Cuaresma.

Hoy la liturgia de la Palabra nos invita al gozo. En la primera lectura (2 Cron 36, 14-16; 19-23) se anuncia una buena noticia, llamativamente buena, pues un rey pagano, Ciro, da la orden a Israel de regresar y reconstruir el templo de Jerusalén. Sin templo no había Pascua, así que Israel oye con alegría que podrán volver a la Tierra Prometida y celebrar la más grande de sus fiestas: la Pascua.

Como siempre, el salmo responsorial (cf. Sal 136) hace eco de la primera lectura.

Luego Ef 2, 4-10 hace resonar la maravillosa noticia de la riqueza de la misericordia divina que nos dará vida nueva y salvación.

Finalmente, en la perícopa evangélica (Jn 3, 14-21) oímos una de las frases que, tal vez, más cristianos sabemos de memoria: “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo único para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (v. 16).

Es evidente porqué este domingo es llamado laetare.

Reflexionemos

¿Alguna vez se ha preguntado cuál es la razón más profunda de la alegría cristiana? ¿Cuántas veces hemos oído decir que los cristianos somos tristes, que tenemos caras largas (“de funeral” -dice el Papa Francisco-)? Por años se vio la Cuaresma como un tiempo triste. Hoy, también algunos, vivimos la Cuaresma de manera vana y superficial, casi ni parece Cuaresma. Por una parte seguimos desviviéndonos en actividades cuaresmales y por otra nos desinflamos en Pascua.

La razón de ser de la Cuaresma es llegar a la alegría pascual. Hoy vemos y meditamos la experiencia triste de Israel en su exilio babilónico y su gozo de volver a su tierra amada y la esperanza de volver a celebrar la Pascua en un nuevo templo. En Cuaresma no reflexionamos sobre el pecado y la cruz por ser masoquistas, sino para darnos cuenta de que el Padre, por pura misericordia, nos ha liberado, por su Hijo amado, de la esclavitud del pecado, de la condenación eterna (del destierro definitivo) y nos ha abierto las puertas de la verdadera Tierra Prometida, de su casa, de su gloria.

En conclusión

Con Jesús todo llega a su culmen. El domingo pasado Jesús anunciaba que Él sería el nuevo templo. Con Él celebramos una nueva y eterna Pascua. En Él el Padre nos ha amado hasta el extremo. En Él se ha derramado la eterna misericordia del Padre sobre el mundo; y nosotros, los cristianos, somos testigos, mensajeros y portadores de esa Buena Nueva. ¿Cómo no estar alegres?

Nuestro camino cuaresmal sí nos habla de nuestro exilio causado por el pecado, pero el exilio fue el lugar para que Israel reflexionara, recapacitara y se arrepintiera de manera tal que con un corazón contrito se dispusiera a volver a la tierra de promisión. Ahora nosotros, nuevo Israel, tenemos la oportunidad de hacer lo mismo: reflexionar, recapacitar y arrepentirnos para renovar la razón de ser de la verdadera alegría cristiana: el amor misericordioso de Dios que por la muerte y resurrección de su Hijo nos ha dado vida nueva y abundante.

¿La vivencia de la Cuaresma nos lleva a la verdadera alegría?

(Mons. Leonardo J. Rodríguez Jimenes)

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