El Santo Padre Francisco anunció el 13 de marzo del 2015, en la Basílica de San Pedro, la celebración de un año santo extraordinario. Con la apertura de la Puerta Santa en la catedral de Roma el Jubileo de la Misericordia se inauguró en la Solemnidad de la Inmaculada Concepción el 8 de diciembre. El año santo concluirá el 26 de noviembre de 2016 con la solemnidad de nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo. El Santo Padre exclamó lo siguiente al inicio del año: “Estamos viviendo el tiempo de la Misericordia. Hay hoy, tanta necesidad de Misericordia y es importante que los fieles laicos la vivan y la lleven a los diversos ambientes sociales. ¡Adelante!”.

Para tener una más clara y profunda evaluación del significado de este año jubilar, debemos comenzar por mirar con detenimiento cómo los ministerios papales de San Juan Pablo II y Benedicto XVI contribuyeron espiritual y teológicamente a la decisión del Papa Francisco de convocar el Jubileo.

El día 7 de junio de 1997 San Juan Pablo II visitó la tumba de Santa María Faustina Kowalska en Polonia y dijo lo siguiente: “Nada necesita el hombre como la Divina Misericordia: ese amor que quiere bien, que compadece, que eleva al hombre por encima de su debilidad hacia las infinitas alturas de la santidad de Dios”. (La Divina Misericordia y devoción p.9, Marian Press, 2015). Ese día encomendó su papado, con confianza plena a la Divina Misericordia. “Vengo acá para encomendar todas las preocupaciones de la iglesia y de la humanidad a Cristo misericordioso y una vez más, mi ministerio petrino: Jesús en ti confío”. (Ibíd.)

Estos acontecimientos son muy significativos para entender la proclama de convocación del Jubileo Extraordinario de la Misericordia. Primero debemos destacar que San Juan Pablo II fue poco a poco transformando su ministerio, de manera especial, por el mensaje de la Divina Misericordia tal y como Santa Faustina Kowalska lo dio a conocer en su diario La Divina Misericordia en mi alma. El mensaje de este diario fue prohibido por la Santa Sede durante 20 años (1958-1978). San Juan Pablo II se dio a la tarea de revisar dichos documentos con el propósito de levantar dicha prohibición. Debido a esta intervención suya se logra que Roma revocara la prohibición en 1978.

En el año 1981 San Juan Pablo II publica la encíclica Dives in Misericordia (Rico en Misericordia). Su entrega total a la Virgen María, su devoción a la Santísima Trinidad y su devoción a la Divina Misericordia, se manifiesta en la esencia del mensaje evangélico en esta encíclica. “Quien me ve a mí ve al padre”. “Dios es rico en Misericordia”. “¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me habéis conocido? El que me ha visto a mí ha visto al Padre”.

Pareciera que San Juan Pablo II escribió esta encíclica inmerso en la oración y meditación delante del rostro del cuadro de la Divina Misericordia. Allí pudo experimentar un encuentro íntimo con la mirada de Dios, revelado con intensidad y hermosura fehaciente en el rostro de Jesús misericordioso, ese rostro que le fue dictado a Santa María Faustina.

San Juan Pablo II, procedió a beatificar a Santa Faustina en el año 1993 y luego la canoniza en el año 2000. En el día de la canonización, el 30 de abril de 2000, nos lanzó un mensaje de urgencia a toda la humanidad y a la Iglesia; “recurrir a la Misericordia e implorarla en este difícil y crítico tiempo de la historia de la Iglesia y el mundo”. Nuestro Papa se adentró de manera intensa en el mensaje de la bondad y perdón infinito descrito en el Diario de Santa Faustina Kowalska. Junto a su profundo estudio teológico de la Misericordia en la Revelación llegó a puntualizar que estábamos en un tiempo urgente, crítico, necesitado y propicio de la Misericordia.

San Juan Pablo II rescató la tradición antigua de la iglesia de celebrar el Segundo Domingo de Pascua como el “Domingo de la culminación de la Misericordia Divina”. En la antigüedad, San Agustín celebraba la tradición de la Iglesia Primitiva de conmemorar la semana siguiente de la celebración de la Pascua como “los días de la Misericordia y el perdón”. (Sermón #156 en Dominica in Albis). A este domingo se le llamaba Dominica in Albis (Domingo en blanco). Este nombre se debía a que los recién bautizados se vestían de blanco y continuaban durante la semana celebrando su bautismo y el don de la purificación del alma por la Misericordia y perdón de Dios. En el “Domingo Blanco” culminaba la fiesta del perdón y Misericordia y el inicio de la santidad del alma.

Estos acontecimientos bajo el ministerio del Papa Santo nos revelaron nuevamente el mensaje eterno del amor insondable de Dios. Ellos le dieron a la iglesia una dimensión urgente de este mensaje para nuestros tiempos. Fue el grito, la alerta para el mundo, anunciando que el tiempo de la Misericordia es hoy: el presente es un tiempo crítico para toda la humanidad.

El Espíritu Santo es el gran sastre del universo. Es quien hilvana a través de la historia, la Misericordia de Dios Padre en el Primer Testamento con la Misericordia de nuestro Señor Jesucristo en el Nuevo Testamento, que es la misma. El Espíritu Santo va tejiendo con cuidado, ternura, sabiduría y mano firme el mensaje de la Misericordia, el traje de la “regla de oro” de la tradición de la

Iglesia y su Evangelio. Es el que en la historia reciente continúa entretejiendo con hilo de luz eterna la Divina Misericordia de un misterio papal al otro.

Solo en este contexto podemos apreciar el arte de su revelación. Solo así podremos entender la conexión entre San Juan Pablo II, Benedicto XVI y la inspiración del Santo Padre Francisco para celebrar el Año Santo de la Misericordia.

Hernán Méndez
Coordinador
Movimiento Divina Misericordia
Diócesis de Mayagüez

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