Hoy el evangelio nos presenta el encuentro personal de Jesús con una mujer samaritana, pobre, cansada, sedienta y con escases de agua y con la angustia de no poder tener una familia organizada; sin embargo adora a Dios y espera en la promesa del Mesías, quien vendrá a salvar al pueblo.

Un pozo en el desierto es un tesoro que hay que cuidar, allí acuden judíos y samaritanos sedientos. En este pozo hoy se encuentren dos sedientos: La mujer tiene sed física y Jesús está sediento del amor y el perdón que necesita la mujer, su marido y los habitantes de su comunidad.

Este texto nos presenta la importancia y significado del agua que simbolizaba todos los dones que el pueblo recibió de Dios. Jesús le hace ver a la mujer que el agua de este pozo, representa una religión hecha de normas estériles, lugares privilegiados y ritos excluyentes que ya no tiene capacidad para calmar la sed de Dios que anida en el corazón humano.

El agua viva es el don del Espíritu, que Jesús trae de parte de Dios y que la mujer samaritana no conocía. Poco a poco ella va entrando en el pozo de Jesús del que sale el manantial inagotable de amor y misericordia que derriba fronteras religiosas, políticas y culturales, por ello deja el cántaro que ya no necesita. La mujer en la sociedad judía era muy vulnerable y más, una que ya había tenido cinco maridos, por eso ella y muchas más acudieron a Jesús cansadas y agobiadas y empezaron a sentir alivio en su corazón.

La samaritana se sorprende de que Jesús reconozca su historia personal sin prejuicios, ni rechazo, es ahí cuando reconoce que Él es un gran profeta, enviado de Dios porque le ha dicho todo lo que ella es. La Samaritana descubre poco a poco la verdadera identidad de Jesús, al principio lo ve como un judío, con el que no debe relacionarse, luego descubre que Él es más importante que Jacob, lo reconoce como un profeta y finalmente acoge la relevación de Jesús como Mesías.

A propósito de este texto San Agustín comenta “Tantas veces fue la mujer a este pozo hasta que se encontró con Jesús, sentado, cansado del camino. «Hay un motivo en el cansancio de Jesús… La fuerza de Cristo te ha creado, la debilidad de Cristo te ha regenerado… Con la fuerza nos ha creado, con su debilidad vino a buscarnos». El cansancio de Jesús, signo de su verdadera humanidad, se puede ver como un preludio de su pasión, con la que realizó la obra de nuestra redención. En particular, en el encuentro con la Samaritana, en el pozo, sale el tema de la sed de Cristo, que culmina en el grito en la cruz: «Tengo sed”, (Jn 19, 28). Ciertamente esta sed, como el cansancio, tiene una base física. Pero Jesús, como dice también Agustín, «tenía sed de la fe de esa mujer», al igual que de la fe de todos nosotros. Dios Padre lo envió para saciar nuestra sed de vida eterna, dándonos su amor, pero para hacernos este don Jesús pide nuestra fe”, (Mensaje del Papa Benedicto XVI en el Ángelus, domingo, 27 de marzo de 2011).

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