La edición 32 de El Visitante de Puerto Rico, correspondiente al 9 al 15 de agosto de 2026, reúne acontecimientos distintos que, al mirarlos desde la fe, parecen conducirnos hacia una misma dirección: la Iglesia existe para salir al encuentro. Sale al encuentro cuando comunica, cuando ordena nuevos ministros, cuando acompaña a su pueblo y cuando construye comunión en medio de una sociedad cada vez más fragmentada.
Nuestra portada nos lleva hasta Santiago de Chile, donde comunicadores, periodistas, académicos, sacerdotes y representantes de distintas Conferencias Episcopales de América Latina y el Caribe se reunieron para reflexionar sobre los desafíos que plantea la inteligencia artificial y la cultura digital para la evangelización. No fue simplemente una conversación sobre nuevas herramientas. La pregunta de fondo fue mucho más profunda: ¿cómo continuar anunciando a Jesucristo en un mundo que cambia aceleradamente sin perder aquello que nos hace verdaderamente humanos?
La respuesta que surgió de aquellas jornadas apunta hacia una realidad que también interpela nuestra vida cotidiana. El P. Antonio Spadaro, SJ, recordó que antes de la ética está la espiritualidad y antes de la norma, la conversión. El verdadero desafío no consiste en lograr que la inteligencia artificial parezca cada vez más humana, sino en evitar que nosotros perdamos nuestra humanidad. Ningún algoritmo puede sustituir el encuentro personal, la escucha, la compasión, el silencio ni aquella relación con Dios y con los demás donde realmente se construye la vida.
Esa reflexión encontró continuidad en la primera Asamblea de la Red Eclesial de Comunicación de Latinoamérica y el Caribe (RECLAC). Allí se insistió en que comunicar en la Iglesia significa mucho más que producir contenidos o mantener activas nuestras plataformas digitales. Comunicar es reconstruir vínculos, generar confianza, escuchar y llegar precisamente a quienes todavía no estamos alcanzando.
Mons. Lucio Ruiz propuso una imagen particularmente significativa: “reparar las redes” rotas por la polarización, la desinformación, la violencia y la desconfianza. Es una tarea que corresponde a quienes trabajan profesionalmente en la comunicación, pero también a todos los cristianos. Cada palabra que pronunciamos, cada publicación que compartimos y cada conversación que sostenemos puede contribuir a unir o dividir, sanar o herir, acercar o levantar nuevos muros.
Precisamente por eso podemos hablar de un Pentecostés comunicacional. Pentecostés no consiste en que todos hablen exactamente igual, sino en que personas distintas puedan comprenderse porque un mismo Espíritu crea comunión. América Latina y el Caribe poseen culturas, historias y realidades diversas; sin embargo, el Evangelio nos permite reconocernos como parte de una misma misión.
Esta edición también nos muestra que la misión adquiere rostros concretos. La Iglesia en Puerto Rico celebra la ordenación sacerdotal del P. Javier Rosa, S.T., de los Misioneros Siervos de la Santísima Trinidad. Durante la celebración, Mons. Roberto González Nieves recordó que ser sacerdote no consiste en realizar una colección de tareas, sino en asumir un estilo de vida configurado con Cristo, Buen Pastor.
El mensaje posee especial fuerza para nuestro tiempo. Un sacerdote corre el riesgo de convertirse en funcionario si pierde la capacidad de acercarse, escuchar y acompañar. Por eso, el Arzobispo habló del “óleo de la cercanía y de la ternura” e invitó al nuevo presbítero a permanecer especialmente cerca de los jóvenes, los pobres y quienes viven situaciones de abandono.
Al mismo tiempo, la Diócesis de Ponce se prepara para vivir otro acontecimiento de gracia: la ordenación episcopal y toma de posesión canónica de Mons. Geraldo Ramírez Torres como su noveno obispo. EVed_32.pdf Mons. Rubén González, al prepararse para entregar el cayado pastoral, propone al pueblo un regalo sencillo pero profundamente eclesial para su nuevo pastor: oración, comunión y colaboración generosa. La llegada de un obispo, recuerda, no es simplemente un relevo administrativo; es un acontecimiento de gracia en el caminar de una Iglesia particular.
Y en medio de todo esto resuena también la intención de oración del papa León XIV para agosto: construir ciudades donde nadie se sienta invisible. En medio del ruido, las prisas y las grandes concentraciones humanas, todavía existen personas profundamente solas. Por eso el Santo Padre invita a una Iglesia capaz de acercarse y transformar los espacios donde vivimos mediante gestos concretos de fraternidad.
Comunicación, sacerdocio, episcopado y cercanía pueden parecer temas diferentes. En realidad, hablan de lo mismo: hacer presente a Cristo mediante el encuentro.
Quizás esa sea la invitación fundamental de esta edición. No basta con estar conectados; necesitamos estar unidos. No basta con hablar; tenemos que escuchar. No basta con ocupar espacios; debemos salir al encuentro. Y no basta con conocer las herramientas de nuestro tiempo; necesitamos utilizarlas con un corazón profundamente humano y cristiano.
Una Iglesia verdaderamente misionera será aquella capaz de tender puentes entre personas, generaciones, comunidades y culturas. Una Iglesia que comunica sin perder el rostro humano, que acompaña sin buscar protagonismo y que camina unida sabiendo que, por encima de cualquier tecnología, estructura o ministerio, Jesucristo continúa siendo el centro del mensaje y del encuentro.



