La salud es un deleite, miel de la bondad divina, beso de Dios sobre el hombre mortal que camina millas en este destierro. Para gustar la voluntad de Dios, hay que esmerarse en adecuar la alimentación con la advertencia de que el camino es largo y escasean las fuerzas del alma y cuerpo. Es preciso hacer acopio de un bienestar que es el producto neto de la fe, el amor, la esperanza.
Toda la comunidad coopera para que los ciudadanos tengan una buena salud o sencillamente se esclavicen. El miedo, los malos entendidos, la ingenuidad rampante aportan a desequilibrar el organismo y a convertirlos en debiluchos que se enferman con una facilidad increíble. No hay perfección en el ser humano; es víctima de virus, gérmenes, bacterias que rondan por todo el mundo imperfecto, y enfermizo desde el día de la caída primera.

Sin salud se torna al paso lento, se limita la participación en el ágape común. El niño que llora en la noche, el joven que pierde entusiasmo, el anciano que se queja de dolor, son representantes de un mal que llamamos enfermedad. El esfuerzo de los médicos es de sanación, de devolver una esperanza, de abrir brecha al equilibrio cuerpo-alma.

En un mundo contaminado, a orillas de la globalización de la indiferencia, doblegarse ante la enfermedad se toma como natural, casi como una decisión social. Se parte de la premisa de que ese es el destino, de que mejor es vivir en plena tarea pastillera que gozar de todos los beneficios y de la gran alegría de dominar la tierra.

Desde la niñez, el buen menú, la gran fiesta familiar y el encuentro con los demás seres humanos se convierten en zapata para edificar los fundamentos de una salud a prueba de rasguños sicológicos y corporales. Sin una peculiar mirada a la naturaleza, a las relaciones humanas, a los valores, se pierde el equilibrio, se cae en bancarrota.
A través de la salud se logra admirar la obra de Dios, caminar rectamente por la vida, enderezar los caminos torcidos y estar de pie para ver mejor el horizonte. La enfermedad nos acerca a Cristo doliente y la salud nos habla de vida, de resurrección, de una felicidad que tiene su máxima expresión más allá de la colindancia humana.

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