La edición 31 de El Visitante de Puerto Rico nos invita a reflexionar sobre dos responsabilidades que no pueden posponerse: garantizar el alimento de nuestro pueblo y formar integralmente a las nuevas generaciones. Ambas tareas están profundamente relacionadas, porque construir un país más justo y resiliente exige atender las necesidades inmediatas sin dejar de sembrar para el futuro.
La portada coloca ante nosotros un desafío que muchas veces permanece oculto hasta que se aproxima una emergencia: la seguridad alimentaria de Puerto Rico. Cuando se anuncia un huracán, inmediatamente vemos supermercados llenos, estantes vacíos y largas filas para adquirir productos esenciales. Sin embargo, pocas veces nos preguntamos qué ocurriría si una crisis de gran magnitud interrumpiera durante semanas o meses la entrada y distribución de alimentos en la Isla.
Puerto Rico posee una rica tradición agrícola y recursos naturales valiosos, pero depende en gran medida de productos procedentes del exterior. El artículo de portada señala que aproximadamente el 81 % de los alimentos disponibles en el país son importados, mientras que cerca del 19 % corresponde a producción local. Esta dependencia nos hace especialmente vulnerables ante conflictos internacionales, desastres naturales, pandemias o interrupciones en las cadenas de suministro.
Hablar de seguridad alimentaria no significa promover el miedo ni aspirar necesariamente a una autosuficiencia absoluta. Significa reconocer nuestras fragilidades y asumir responsablemente aquello que sí podemos mejorar: aumentar la producción de alimentos esenciales, diversificar los cultivos, respaldar a nuestros agricultores, reducir el desperdicio y fortalecer los sistemas de almacenamiento, transportación y distribución.
La Iglesia también tiene una palabra y una responsabilidad ante esta realidad. A través de Cáritas de Puerto Rico, Unidos Contra el Hambre, comedores sociales, despensas parroquiales y otras iniciativas comunitarias, miles de personas reciben alimentos y acompañamiento durante todo el año. Estas obras nos recuerdan que el acceso a la alimentación no es únicamente un asunto económico o logístico: está vinculado directamente con la dignidad de cada ser humano.
El mandato de Jesús —«Tuve hambre y me dieron de comer»— no nos permite contemplar pasivamente las necesidades de los demás. La caridad cristiana responde a quien hoy necesita un plato de comida, pero también busca transformar las estructuras para que ninguna persona tenga que pasar hambre mañana. Ayudar durante una emergencia es indispensable; trabajar desde ahora para estar mejor preparados es también una forma de amor al prójimo.
Esa misma visión de futuro aparece en el regreso a clases. Cada salón que vuelve a abrir sus puertas representa una nueva apuesta por los niños y jóvenes de Puerto Rico. Detrás de las mochilas, los uniformes y los nervios del primer día se encuentra el esfuerzo de maestros, directores, empleados, familias y comunidades enteras que han decidido continuar creyendo en el poder transformador de la educación.
Las escuelas católicas cumplen una misión que va más allá de transmitir conocimientos académicos. Buscan formar personas capaces de integrar la fe, la razón, el servicio y el compromiso social. Pero esta misión requiere corresponsabilidad. El futuro de nuestras instituciones educativas no depende solamente de sus administradores, sino también de familias, parroquias, antiguos alumnos y ciudadanos dispuestos a ofrecer su tiempo, sus talentos y sus recursos.
Educar y alimentar poseen algo en común: ambas acciones exigen pensar más allá de la necesidad inmediata. Quien cultiva la tierra sabe que debe sembrar antes de cosechar. Quien educa comprende que muchos de los frutos de su esfuerzo se manifestarán años después. En ambos casos se necesita paciencia, perseverancia y una esperanza capaz de trabajar aun cuando los resultados todavía no sean visibles.
Esta edición también nos acerca a la Basílica de Santa María la Mayor, primera gran basílica occidental dedicada a la Madre de Dios. La tradición del «milagro de la nieve» nos conduce a contemplar a María como protectora del pueblo cristiano y nos invita a convertir nuestros hogares y comunidades en espacios seguros, acogedores y atentos a quienes sufren.
La reflexión propone tres tareas concretas: hacer de nuestras casas lugares seguros, recuperar la oración familiar y abrir las puertas a quienes necesitan escucha y acompañamiento. Son gestos sencillos que pueden convertir cada hogar y cada comunidad en una pequeña casa de misericordia.
Asimismo, la reseña del documental León de Perú nos permite descubrir cómo la fe del papa León XIV tomó forma concreta mediante años de servicio pastoral. Perú no fue solamente un destino en su vida, sino una segunda patria donde aprendió a evangelizar caminando junto a la gente y compartiendo sus realidades.
Alimentar, educar, proteger y acompañar son expresiones de una misma misión. No podemos construir el futuro de Puerto Rico atendiendo solamente una dimensión de la persona. Necesitamos alimento para el cuerpo, formación para la inteligencia, fe para el espíritu y comunidades capaces de sostener a quienes atraviesan momentos difíciles.
La pregunta de esta edición no es únicamente si contamos con suficientes alimentos para enfrentar una emergencia. También debemos preguntarnos si estamos sembrando suficientes valores, conocimientos, solidaridad y compromiso para responder unidos cuando llegue la dificultad.
El futuro no comienza cuando ocurre una crisis. Comienza hoy, cada vez que respaldamos al agricultor, evitamos desperdiciar alimentos, ayudamos a una familia, acompañamos una escuela, educamos a un niño o abrimos nuestra puerta a quien necesita esperanza.



